

























Desde hace ya casi tres meses, una gigantesca lupa apunta hacia los raíles bajo sospecha del pueblo cordobés de Adamuz. Aquel trágico accidente de enero dejó 46 víctimas mortales y el corazón roto de decenas de familias. Y aunque ayer se desvelaba que los sistemas de Adif identificaron un fallo en la vía 22 horas antes de la tragedia, aún queda un trabajo quirúrgico para tratar de descifrar buena parte de los detalles de aquel maldito suceso. De hecho, la jueza del caso bloqueaba ayer el acceso a los restos del Alvia a la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF) hasta que estos investigadores, ingenieros especializados en cuestiones que afectan a los trenes, fueran nombrados. Hablamos, claro está, de los peritos, quienes trabajan en la sombra para esclarecer algunos guiones que, como ocurre en el caso de Adamuz, son todo un desafío personal, con meses de análisis y cientos de folios por delante.
«El incendio del edificio Windsor (2005) fue muy complejo. Nunca hay que dejarse llevar por lo más visible; muchas veces la causa de un siniestro se encuentra en lo que no se ve», apunta Raúl Rodríguez, de 55 años, director de la División de Estudios de la empresa Intemac y con 33 primaveras a sus espaldas como perito.
«Nuestro trabajo exige absoluta independencia. A diferencia de los abogados, no podemos tener interés en el resultado del procedimiento. Nos regimos por un código deontológico y actuamos bajo juramento. A menudo, nuestras conclusiones se reflejan directamente en las sentencias», sostiene Jorge Abreu (49 años), fundador y CEO de la empresa Artic, que acoge a profesionales de distintas disciplinas -ingenieros, arquitectos, biólogos...-.
GRAN MADRID se cita con ambos en el elegante edificio del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, situado en el número 42 de la céntrica calle Almagro, conocido por muchos como la Casa Garay. Ambos subrayan un requisito imprescindible para esa importante labor que ejecutan habitualmente: «La confidencialidad es esencial en esta profesión. Lo tenemos incrustado en el ADN». Unas veces por catástrofes, otras por accidentes. En ocasiones por encargo judicial, tantas otras por el de entidades privadas. Incluso hay empresas que buscan mediaciones por algún conflicto.
«En muchos casos es necesario analizar una gran variedad de factores: decisiones urbanísticas, ejecución de obras o comportamientos individuales. El objetivo final es esclarecer los hechos con rigor para contribuir a una mejor actuación de la justicia», analiza Abreu. «Diagnosticamos qué ha pasado y proponemos soluciones para evitar que se repita. Lo que no hacemos es atribuir culpas. Analizamos todo el proceso -proyecto, ejecución, materiales, uso, mantenimiento y posibles agentes externos-, pero determinar responsabilidades corresponde a la Justicia», abunda Raúl.
En el horizonte siempre asoman desafíos peliagudos, cuyos plazos dependen de la complejidad del siniestro y de las limitaciones judiciales. A veces, la crudeza del escenario se queda grabada durante un tiempo. «El terremoto de Lorca es el caso que más me ha marcado por las consecuencias humanas. Como perito colaboras con los equipos de emergencia y asumes una gran responsabilidad. Y, también, te llevas a casa la pena por lo ocurrido y la conciencia de que nuestro trabajo ayuda a que no se repita», admite Raúl Rodríguez, cuya empresa, Intemac, llegó a tener que analizar más de 300 edificios afectados por daños graves causados por aquel impactante seísmo, en 2011. También más de 50 inmuebles afectados por la reciente riada tras la trágica Dana de Valencia (2024).

Trabajo de peritaje de la empresa Artic.E. M.
A Jorge le ocurre lo mismo con respecto a la cuestión emocional. «Para mí los trabajos más difíciles mentalmente son los que hay víctimas. Lo pasas mal porque cuesta mucho abstraerte; tienes que mantener la cabeza fría y hacerlo bien. Son emocionalmente duros y requieren mantener la objetividad», reconoce, y precisa: «En grandes catástrofes, como inundaciones, pueden derivarse múltiples procedimientos en distintos ámbitos judiciales, lo que exige adaptar y ampliar los informes conforme avanza la investigación». Además, relata cómo es la relación entre los propios peritos. «Aunque exista competencia, es habitual mantener relaciones profesionales correctas, pese a defender en ocasiones posturas distintas. La experiencia acumulada en numerosos procedimientos aporta criterio, pero también revela la existencia de muchos puntos grises», argumenta una voz a la que le tocó sumergirse en alguno de los episodios del famoso caso Aquamed.
«A través de la ingeniería de Caminos tenemos una visión global de los problemas. Por un lado, por la sólida formación técnica y, también, por la independencia de criterio. Esas son las tres claves a la hora de hacer este tipo de trabajos», recalca Raúl Rodríguez desde esta factoría de detectives madrileños. «Durante la ejecución de un proyecto surgen conflictos, algunos fáciles de resolver y otros más complejos. Esto hace necesario ordenar y traducir los aspectos técnicos a un lenguaje claro, especialmente cuando interviene la Justicia. Trasladamos conclusiones objetivas a los agentes judiciales para facilitar su labor. Así, los clientes acuden a nosotros por necesidad, generalmente a través de listados profesionales, valorando la especialización y experiencia en cada tipo de disputa», sentencia Jorge Abreu.

Trabajo de peritaje de la empresa Artic.E. M.
Hay una última afirmación, de carácter general y ajena a la actualidad, que hace que la mente nos transporte de nuevo a Adamuz, donde a un puñado de peritos aún por designar les espera una enrevesada faena para encontrar respuestas a la tragedia ferroviaria. «La metodología pericial es clave en cualquier siniestro. No sólo no se pueden coger elementos del lugar de un siniestro, sino que tampoco se deben manipular los restos. Hay veces que no hay más remedio por operaciones de salvamento y demás, pero es que ni siquiera se deben manipular, porque la forma en la que se ha producido deja unas huellas».
Fuera de los muros de la majestuosa Casa Garay, aguardan nuevas misiones para estos otros peritos, madrileños o no, acostumbrados a resolver enigmas que muchas veces están escondidos entre escombros. En eso consiste su misión.
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