

























El 27 de junio de 2016 arrancó en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Universidad Complutense un nuevo ciclo musical. The Lumineers fue la actuación inaugural de Noches del Botánico, un festival que aprovechaba el espacio natural de Ciudad Universitaria, inaugurado 15 años antes. Una década después, «el Botánico», como ya ha pasado a ser conocido en el acervo popular, ha trascendido el espacio en el que comenzó para convertirse en una de las citas musicales más relevantes del mundo. De aquel primer mes de programación se han pasado a dos, y entre los nombres que han engrosado su nómina de artistas figuran genios como Bob Dylan, Patti Smith, Robert Plant, PJ Harvey, David Byrne o Beth Gibbons.
«Sabíamos que contábamos con un espacio único, un festival en un jardín botánico, que es la ilusión de cualquiera. Pero también hemos ido aprendiendo de todo esto», explica Ramón Martín, codirector de la cita junto a Julio Martí. «Por ejemplo, la relación con la universidad, con el recinto, convivir con la parte académica... eso nos ha supuesto un cierto esfuerzo: pactar las pruebas de sonido, las horas de comida, los exámenes. Estamos en una universidad pública y aquí se examina todo el mundo. Combinarlo con un ciclo de conciertos nos ha hecho ser muy respetuosos con la sostenibilidad y con el ambiente».
«Hemos crecido hasta el límite que ofrece el sitio, tanto en espacio como en número de días», añade Martí. «Hemos llevado el festival al máximo que lo sigue manteniendo sostenible medioambiental y económicamente. Ahora la importancia es la continuidad. Mantenernos de una manera social, cultural y académicamente adecuada para una ciudad como Madrid», explican sobre esta cita oasis para la calima capitalina.
Martín y Martí querían hacer «un festival diferente» porque sentían que no podían competir con lo que ya existía. «Había otros formatos para gente joven, festivales enormes... Nosotros reflexionamos mucho sobre hacia qué público queríamos ir y en qué entorno. Y luego está el premio de estar aquí. Eso genera una sinergia artista-público muy especial».
Noches del Botánico ha conseguido encontrar un punto único. Importa, y mucho, el cartel. Pero no sólo. «La parte experiencial ahora mismo es grandísima. El boca a boca es lo que pone esto en marcha. Cada año hacemos menos campañas publicitarias porque ya es un formato que está ahí. Y tampoco queremos romper nuestro propio esquema metiendo más gente. Si haces eso, tienes que apretar presupuestos, subir precios y contradices la filosofía del festival», apunta Martí. «Hay artistas que prefieren cobrar menos que en otros sitios pero tocar aquí porque se han sentido muy bien. Hemos visto conciertos aquí que en otros lugares han estado bien, pero aquí han sido la releche. Eso es algo que nos hace sentir muy orgullosos».
Porque, apuntan, tan importante como atraer al público es seducir a los músicos. Ahí importa el entorno natural, pero también el ambiente que se consigue. «Ahora mismo tenemos suficiente atractivo para interesar a muchísimos nombres importantes. Antes tenías que convencerlos. Ahora son los propios agentes quienes preguntan si su artista puede tocar en Botánico el año siguiente», dice Martín.
También, aunque se le adjudique la etiqueta de festival 'boutique', está la lucha por no perder la vocación popular frente a otras citas más selectas. «Podríamos poner entradas muchísimo más caras, pero no queremos convertirnos en un festival elitista. Esa no es la idea. Hay conciertos donde se gana menos o incluso se pierde dinero, pero compensamos en el conjunto», dice Martí. «Mucha gente cree que estamos subvencionados porque las entradas son razonables. Y no tenemos subvención de ningún tipo», añade el codirector. «Es más, con los artistas internacionales seguimos estando muy por debajo de los precios que se están cobrando en otros recintos. Hoy cualquier concierto grande está ya por encima de los 100 euros. Nosotros seguimos intentando no entrar ahí».

Ramón Martín (izqda.) y Julio Martí (dcha.), codirectores de Noches del Botánico.VEGA HALEN
Hay músicos que entienden «perfectamente» esta filosofía, dicen ambos, y ponen un ejemplo: «Queens of the Stone Age, por ejemplo, vinieron aquí porque querían hacer un concierto especial para fans. Y además no pidieron que abusáramos en el precio de las entradas». «Lo bonito es cuando un artista viene aquí y dice: 'Quiero volver'. Ahí es cuando sientes que el festival tiene una identidad propia», sintetiza Martí.
Y no sólo identidad. «Esto es un ser vivo», proclama Martín. «Aquí un árbol te cambia todo el backstage. Una rama se cae y tienes que replantearlo todo. O aparece una enfermedad en una morera gigante y de repente tienes que reorganizar espacios enteros», cita Martín.
En esa frecuencia de la sostenibilidad, la apuesta de los codirectores pasa por compatibilizar las mejoras en la comodidad del público -de los aseos portátiles del principio se han pasado a otros deluxe con agua corriente- con reducir la huella en el entorno. «Llevamos siete años funcionando con energía verde certificada. Antes estaba esto lleno de generadores y baños químicos. Fuimos transformando todo eso poco a poco», relata Martín. «Hemos conseguido algo muy bonito: que el público cuide el espacio. Al principio podías ver algún plato o algún resto que quedaba por ahí. Ahora la gente lo recoge todo casi de manera natural».
En ese proceso, cobran especial importancia los detalles de la naturaleza que alberga el jardín botánico. «En los comienzos había dudas con los animales del jardín. Se pensaba que el festival podía alterar el ecosistema. Y ahora ves a los patos tranquilamente paseando entre la gente». Con respecto al cartel, Martí y Martín aseguran huir de la obsesión por el 'hype' y la caja. «Hay artistas a los que no ha venido a ver demasiada gente y, aun así, nosotros hemos sido felices igual. Algunos de esos artistas luego han ido creciendo muchísimo en las siguientes visitas». Así, mencionan otro ejemplo: «Rubén Blades agotó entradas la primera vez pocos días antes. La segunda, meses antes. Y ahora la tercera vez prácticamente se vendió en los primeros días».
Aunque «lo más bonito» es cuando, de repente, un concierto genera una felicidad colectiva inesperada. «Recuerdo uno de Kool & The Gang un lunes y aquello fue increíble. Todo el mundo cantando, un ambiente espectacular», evoca Martí. «O el año pasado con Beth Gibbons».
Por cosas así, «es muy difícil» para los codirectores quedarse con conciertos concretos de estos 10 años, «porque la lista de artistas que han pasado por aquí es una barbaridad: Dylan, Kraftwerk, Van Morrison, Wilco, Pixies, Phoenix, Rufus Wainwright...»
Todo ello ha sido posible, destacan ambos, no por una cuestión de suerte o casualidad. «Cada vez somos más profesionales y tenemos mejores equipos, pero también cada vez somos más exigentes con nosotros mismos. Aquí no te puedes relajar nunca», afirma Martí. «Esto es un gran evento despiezado en muchísimos pequeños eventos diarios. Hay una oficina trabajando todo el año. Acaba una edición y ya estás preparando la siguiente. De hecho, en noviembre se anuncia parte del cartel, porque el trabajo no termina nunca», cuenta sobre sus dinámicas.
A dos días del comienzo de esta edición, el jueves con Rigoberta Bandini, el porcentaje de ocupación se acerca al 90%, aunque «todavía quedan conciertos espectaculares por descubrir», advierten ambos.
«Nos interesa mucho seguir mezclando artistas internacionales, nacionales, jazz, soul, electrónica, propuestas iberoamericanas... La variedad es fundamental», aseguran al unísono. «No queremos convertirnos en un Movistar Arena con buen tiempo. Nosotros somos otra cosa. Una especie de isla del verano madrileño», matizan.
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