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Considerada una de las primeras influencers, Berta Bernad era una de esas caras que aparecían en campañas, revistas, premios y listas de estilo en el incipiente Instagram. Pero un día decidió parar, porque "me pesó mucho la etiqueta. Me costaba diferenciarme de lo que se había convertido el ser influencer", reconoce.
Estudió Periodismo en la Complutense y, aunque durante años estuvo delante de la cámara, también aprendió a estar detrás. "A la vez que protagonizaba campañas trabajaba en otras como directora creativa". Por eso, cuando decidió dejar de exponerse, no sintió que lo perdía todo, sino que soltaba una parte que ya no necesitaba. "Fue dejar morir una de mis facetas. Me dio capacidad de reinvención".
El giro fue radical, pero no improvisado. Cerró esa etapa, respiró y escribió la novela Mi nombre es Greta Godoy. "Quería contar bien esa historia. Había muchos libros sobre cómo programar un ordenador, pero nadie explicaba las luces y las sombras de la vida de una influencer". La escritura fue, en cierto modo, su diván. "Fue súper sanador. Me sirvió para poner nombre a lo que me había sucedido, para bien y para mal".
Porque aquello, reconoce, tuvo algo de montaña rusa emocional. "Lo viví a toda velocidad, sin pararme a pensar. Había sido una distorsión bestial del ego". Con 24 años, verse en Vogue o recibir premios junto a famosos no era precisamente una clase suave de madurez. "De repente parecía que esa parte de éxito era muy heavy".
El libro, en cambio, le permitió contar desde otro lugar, sin likes inmediatos, sin el aplauso o el juicio en tiempo real. "Lo bonito de un libro es que estás en un espacio íntimo. En redes, la interacción directa condiciona mucho lo que cuentas y cómo lo cuentas". Publicó, desapareció de la exposición constante y, contra todo pronóstico editorial, no volvió a Instagram para empujar la novela.
Hoy vive de Mindlike, su agencia de marketing y redes sociales, desde donde crea campañas para marcas. "Soy como un ex - alcohólico que tiene que superar el entrar a los bares", bromea sobre su relación con Instagram. Conoce el veneno, sabe venderlo, pero también sabe dónde están sus límites. "Soy muy consciente de cómo me afecta, y me esfuerzo para no volver a engancharme".
Aunque a veces, confiesa, vuelve el viejo reflejo. "El otro día subí la portada del corto y tuvo 100.000 visualizaciones en dos días. Me vi refrescando y pensé: ‘mal, tu propio veneno’". Y es que, el corto es su nuevo capítulo. Se titula Antes de que me digas te quiero y nace después de vender los derechos de su novela para una posible serie. En el proceso de adaptación, junto al guionista Ramón Salazar, se enamoró del guión.
Después se metió en una escuela de interpretación en Carabanchel. "Para mí ir a Carabanchel era como ir a Nueva York", dice. Allí descubrió algo inesperado: actuar era volver al recreo. "Me lo pasaba tan bien en las clases de teatro. Echaba de menos espacios donde conocer gente desinteresadamente".
Y entonces escribió, dirigió, produjo e interpretó su primer corto. Una comedia romántica de 12 minutos que reivindica el cosquilleo previo al amor. "Está todo muy sexualizado. Me da rabia, porque es fácil meter una escena de sexo y captar interés, como el azúcar. Pero hay muchos matices del amor previos que son mucho más interesantes".
La historia sigue a una mujer recién separada que se cruza con un chico más joven y se permite, durante 24 horas, volver a ilusionarse. El rodaje fue intenso, madrileño y casi milagroso. "Ha sido lo más intenso que he hecho en mi vida, dos días sin parar; terminé desplomada en el sofá".
Contó con un equipo de lujo: dirección de arte, fotografía, producción, color, sonido... y ella pendiente de todo. "Soltar a la directora mientras actuaba fue lo más complicado". Hasta aprendió una regla de oro: nunca dejar que un actor se corte el pelo tres días antes. "Casi me da un infarto", se ríe.
Ahora quiere moverlo por festivales. Sundance es su sueño número uno, después Locarno y otros circuitos internacionales. "Creo que mi cine se va a entender fuera. Es una comedia ligera y eso ya lo diferencia". También tiene una segunda novela empezada, otra historia en la cabeza y una intuición clara: el cine ha llegado para quedarse. "Me gustaría continuar dirigiendo y actuando en mis proyectos", concluye.
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