El Rompeolas

Imagen de la Rosaleda del Parque del Oeste.EFE
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Regresaba a casa caminando y a las 19.43 me cruc� con Andr�s, nombre rigurosamente cierto. Mi amigo Andr�s. Bajo la noria solar de estos d�as ven�a cabizbajo. Nos saludamos, �l con menos entusiasmo y yo con el habitual. El rostro l�vido delataba algo malo. Le pregunt� y me advirti� que estaba muy mal y buscaba el mejor sitio para llorar en Madrid. Cuando los demonios le soplan al o�do suele buscar lugares propicios para echarse a llorar. Esa tarde prefer�a la rosaleda del Parque del Oeste. No se molest� cuando le reproch� la elecci�n, por obvia. Entonces me explic� que otras veces baja a los Jardines del Moro, pero s�lo para las tristezas suaves, porque la vegetaci�n abundante le calma y es cobijo. La elecci�n es formidable. Y para un diagn�stico leve, gran acierto.
Madrid tiene sitios inmejorables para echarse a llorar. No tengo costumbre de hacerlo en la calle, pero si me das a elegir podr�a lagrimear en un paseo lento por el Barrio de los Austrias: calle Sacramento, calle del Codo, la de Pu�onrostro, la Plaza del Cord�n... Andr�s confes� que prefiere lugares donde la nostalgia tenga una presencia m�s maquinal. Esto no lo entend�, pero luego lo entend�. "Un sitio estupendo es el Museo del Ferrocarril. Los vagones antiguos, las locomotoras de vapor... Hay en los trenes una melancol�a tremenda. El problema del museo es que hay que pagar entrada y eso entorpece". Hablamos de otros espacios cargados de fortuna para echar un llanto: le propuse la Cuesta de John Lennon, en el Parque de Roma. En ese rinc�n pas� parte de mi adolescencia como alumno del Instituto Montserrat. Los mejores lugares para llorar son aquellos donde puedes evocar instantes de tu vida que a�n echas de menos porque todo quiz� fue un poco mejor. Es el recuerdo lejano de otras risas y otras l�grimas el que sirve de conexi�n.
Entonces nos acordamos de aquellos a�os (dos, quiz� tres) en que disfrutamos en los agostos de la terraza de la Plaza del Conde de Barajas, de cuando no hab�a prisa y llegabas a las diez de la noche solo y con reloj y sal�as de la plaza un buen rato despu�s sin hora y con amigos. Aquellos agostos de ciudad eran un gozo. Recordamos a amigos y amigas que marcharon de Madrid, y a alguno que ya no est�. Y c�mo han crecido los hijos de unos y de otros. Y qui�n pudiese regresar esos d�as despojados de ira en que los telediarios no daban cada media hora cobertura de un acontecimiento hist�rico. ��Y las escaleras de Las Vistillas qu� te dicen? �Te acuerdas de Ana?�, pregunt� Andr�s. Y se sorprendi� a s� mismo con l0s ojos ya llenos de l�grimas.





















