Construir vivienda o fomentar que la que hay salga al mercado parece una de las alternativas más lógicas

Una mujer mira la oferta de viviendas en una inmobiliaria en Bilbao.EFE
Actualizado
Más de la mitad de la población en España reside en viviendas subocupadas, en las que hay una o más habitaciones vacías. Y esa proporción crecerá en los próximos años a medida que la sociedad envejece.
Son los abuelos y padres que vieron volar a sus hijos y no cambiaron de residencia. Ocupan, muy legítimamente, viviendas amplias en las que teóricamente podrían vivir muchas personas; esas personas -jóvenes en su mayoría- que hoy no encuentran una alternativa habitacional. Esta semana en la radio escuché el testimonio de una familia que paga 400 euros por vivir en el salón de un piso que comparten con otras cinco personas. Es así porque, junto a ese 54% que habita en viviendas subocupadas, hay otro 9,5% residiendo en casas superocupadas, y el porcentaje se ha duplicado en los últimos diez años.
Es la paradoja de un mercado tan ilíquido como el del ladrillo: ojalá se pudieran transferir de un sitio a otro las habitaciones que ya no son necesarias. Pero no es así. De ahí la urgencia de buscar soluciones para un mercado dual en el que siete de cada diez personas son propietarias y los otros tres no pueden ya ni comprar ni alquilar, de forma que hasta los 30 años de media no se van del nido familiar.
A esa generación de jóvenes el viento le sopla en contra. No sólo se enfrentan a sueldos mucho menos competitivos de los que encontrarían en otros países de Europa, sino que son incapaces de emanciparse y crear un proyecto de vida a una edad razonable. No es casualidad que las clínicas de fecundación artificial proliferen como setas: cuando se consigue la estabilidad para querer tener un hijo, la naturaleza ya no colabora. Las herencias, además, ya no solucionan el problema económico porque quienes heredan están jubilados o a punto de hacerlo y tienen la vida resuelta.
¿Cómo lo resolvemos entonces? Construir vivienda o fomentar que la existente salga al mercado es una de las alternativas más lógicas, pero requiere agilizar permisos, elevar la rentabilidad y dar seguridad jurídica, entre otros ingredientes que no se logran de la noche a la mañana.
La situación es de emergencia total, pero los políticos miran hacia otro lado. Quizá porque con sus sueldos, que cuadruplican el salario medio nacional a pesar de lo poco que hacen, sí encuentran piso. O porque están demasiado ocupados en sus corruptelas. Que se lo digan si no al ex ministro de Transportes, o a Zapatero.






















