Solo se habla del calor y, de momento, ningún gobierno de la UE ha decidido atajarlo poniendo aires acondicionados en los edificios públicos que lo necesiten. Puede que el aire a 27 euros explique las idioteces de coalición del Gobierno.

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Las aguas de Otranto son tan cristalinas como las del Caribe, pero están más frías y, además, cuando sacas la cabeza y te cansas de mirar los peces, subes a la catedral y puedes ver El árbol de la vida, el mosaico que en 1163 hizo Pantaleone, en el que las cosas de Dios se mezclan con el zodiaco, Alejandro Magno y el rey Arturo. Y luego, para curarte del stendhalillo, te puedes tomar una buena pasta (la típica son los sagne 'ncannulate) o un crudo de gamba roja con uno de esos vinillos que embrutecen lo justo para el verano.
No hay miedo (ni duda) en afirmarlo: nada hay como el Mediterráneo (que sí, que ya sé que Otranto es el Adriático), como tampoco hay ciudades como París, Roma, Londres... y pongan aquí todas las ciudades importantes de Europa. Por eso, Bezos quiso casarse en Venecia y el embajador de Trump pretendió atracar su barco de 117 metros frente a la plaza de San Marcos. No lo hizo porque el mismo grupo ecologista, que el año pasado quiso impedir la boda del dueño de Amazon, se manifestó hasta que la embarcación puso rumbo a otro puerto. A Nápoles. Ni tan mal.
Espero que solo estos ecologistas lo consideren como una -otra- batalla ganada. ¿En qué ha quedado Europa sino en un parque de atracciones para los ricos del mundo y en un mercado de consumidores para lospaíses industriosos?
Se ha visto estos días en los que la ola de calor ha copado la conversación. Da igual que los registros indiquen lo contrario; muchos dicen que nunca la canícula ha arreciado así. Y de nada vale hablarles de los 47 grados en Jaén en 1939, ni de los ni de los 36 que alcanzó Londres en algún verano de los 70. Quizás la sensación de calorina insoportable se deba a que ya sabemos lo que es evitarla por ese invento prodigioso y benéfico que es el aire acondicionado.
Contaban en Quillette que en 2022 Europa fue la zona en la que murieron más personas por el calor, una estadística que podría atribuirse a la población envejecida, mucho más vulnerable a las altas temperaturas, si los datos de Japón y EEUU, igualmente añosos, la corroboraran. Pero eso no sucede y se debe a que en estos dos países más del 90 % de los hogares ha instalado (su) aire acondicionado. Para muestra, lo que pasa en Texas, donde las temperaturas veraniegas superan habitualmente los 40 grados. Sin embargo, los registros dicen que la probabilidad de morir por calor extremo es levemente mayor que en un día normal. En París o Ámsterdam, por el contrario es más posible que el abuelo caiga noqueado por un golpe de calor.
Las altas temperaturas no solo afectan a las personas mayores. Según los estudios, por cada grado por encima de los 25 nuestro rendimiento cognitivo (la capacidad de razonar, inventar, inhibir a la bestia...) disminuye un 2%. Acuérdense de que cuando llegó Sánchez con su ralea al Gobierno, Ribera decretó que los edificios públicos no se enfriaran por debajo de los 27 grados, una temperatura lo suficientemente alta como para disminuir las capacidades cognitivas en un 5 %. Eso explicaría la explosión de desinhibiciones y otras gilipolleces de la coalición.
Decía Lee Kuan Yew, artífice del éxito de Singapur, que el milagro económico del pequeño Estado se debía al aire acondicionado: «Cambió la naturaleza de la civilización al hacer posible el desarrollo en los trópicos».
En el sur de Europa, sin embargo, se ignoran los beneficios del aire acondicionado por esa suerte de pobresismo que ha impuesto la ecología de salón y los teóricos del decrecimiento guay. No solo en Madrid y en Andalucía se niegan a poner aire acondicionado en las aulas. En Francia e Italia se cierran los coles por el calor.
No sé si se debe culpar a las élites bobas, a los políticos del bolsillo o a los sermonautas de la banalidad del bien. No hay aire acondicionado, pero tampoco hay ya industria, ni IA europeas. Quizás es que nos falta ese 5 % de rendimiento cognitivo o de ganas. No es de extrañar que Errejón -otro que debía vivir por encima de los 27 grados- dijera que éramos un país de camareros.
Seguro que Bezos se puso el aire acondicionado.




















