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El Mundo
Antonio Lucas · 2026-06-28 · via Columnistas

El pintor, hijo predilecto de Sevilla (su ciudad natal) sigue pintando a los 91 años en su taller de las afueras de Madrid y prepara una exposición sobre la geometría en su obra. Es el último representante de una generación de creadores que abrió definitivamente las compuertas del arte español

El artista Luis Gordillo.

El artista Luis Gordillo.

Actualizado

Luis Gordillo es un artista ultracontemporáneo y tiene 91 años. Luis Gordillo es de Sevilla (no hace mucho le hicieron Hijo Predilecto de la ciudad) y allí estudio Derecho. Fantaseó con ser músico e impartió clases de francés. Pasó 25 años psicoanalizándose. Es uno de los últimos ejemplares, quizá el ejemplar único, de una generación de pintores de la que no queda casi nadie en pie. En Luis Gordillo se reúnen varias generaciones de artistas con devoción. Es un pintor/pintor que se unta los dedos de acrílico y trabaja en un taller formidable diseñado por el arquitecto Juan Herreros a las afueras de Madrid. Su obra tiene una cuota de oficio y otra de arreones psíquicos. El color fuerte y felizmente desequilibrado. Las formas tremendas y como una descarga de muchos voltios. El cuadro como un espacio orgánico, lleno de rincones secretos y sobresaltos. Todo como repentino y todo a la vez bien estudiado.

Si alguna alguna vez tuvo el espíritu averiado o lleno de fantasmas se curó pintando y pensando a su manera en las cosas que piensa Gordillo, un poco en dirección contraria y otro poco por carreteras que sólo él sabe caminar. Le he escuchado frases formidables extraídas del fondo de un talento pagano a prueba de tópicos. Ideas como esta: "Este tiempo digital se está comiendo el mundo y nuestras almas". Alguien la leyó en este periódico y la fijó como un grafiti sobre una tapia en un barrio de Madrid. O esta otra: "El avance más apabullante de este tiempo no es científico ni cultural, sino de inmoralidad". Porque Gordillo piensa como pinta, buscando lo evidente sin ceder a la evidencia. La suya es una exploración por límites y márgenes que desembocó en la pintura sin saber muy bien qué mapa llevar ni a qué meta agarrarse. Ese es su triunfo.

Es, en el buen sentido de la palabra, un hombre extravagante. Gordillo cree que el ser humano es un mono muy raro. El tiempo le ha dado la razón. Nada hacía presagiar que su singularísima travesía en el arte -entre la figuración y la abstracción- fuera a convertirse en una de las propuestas más singulares del último medio siglo. En su obra convive lo inesperado con unas formas entre lo masturbatorio, lo irónico, lo cerebral y lo maníaco. De su mano zurda de pintar sale un fenómeno muy radiactivo. Y de su cabeza, un espectáculo de inteligencia liberada a velocidades imprevistas. La vejez le ha pillado pintando.
Hace un año protagonizó el documental que indaga en su vida singular, Luis Gordillo. Manual de instrucciones, dirigido por Sema D'Acosta y Antonio García Jiménez. Al título le viene bien ese remate de Georges Perec (La vida instrucciones de uso), porque los dos creadores pertenecen a la tribu de los que aun con el alma reparada continúan tumbados en el diván liberando melancolías que quedan flotando como mariposas negras en el espacio. A veces Luis Gordillo parece un abstracto lírico que ha desenclavijado los demonios de su cabeza y los ha dispuesto en colores fuertes sobre una tela hasta domarlos y convertir el cuadro en un Estado total, jugoso, divertido, que por desgracia no es este. Porque si uno se fija, en Gordillo hay toneladas de brinco y de recreo, formas que podrían no serlo, quiebros, desconciertos, un despliegue de profundidad y seducciones.

Luis Gordillo camina con un cierto compás de catástrofe ritual. Es un artista extraño. Poderoso. Devoto de las soluciones imprevistas del azar. Pero, a la vez, un sujeto que planifica el cuadro como si inventase galaxias. Gordillo jamás desaloja de su discurso la mecánica del desconcierto. Eso le hace más Gordillo. Más Luis jugando en todas direcciones. También es un artista muy cotizado incapaz de sentarse y no explorar con la imaginación lo que antes ha inspeccionado con la pintura. Porque pintar es arrojarse en el propio sepulcro y extraer del fondo de sí mismo máscaras y neurosis necesarias para la obsesión de pintar, que es lo que a este hombre le retumba más por dentro.

Trabaja como si en cada pieza se presentara la urgencia de los santos sacramentos. Sabe que el sentido poético de la existencia es subconsciente. Y quizá por eso hace de pintar un viaje donde lo que importa es el desafío, un cobijo que armar y desarmar a cada trazo. La edad le dispensa más preguntas que serenidades, pero ya no se eriza por los contratiempos. "Es que soy un falsificador de impulsos. Parece que mi pintura está llena de improvisación o de azar, pero casi todo está muy controlado. Hay cosas dentro de mi geometría informal que se me escapan mientras trabajo". Prepara para Sevilla una exposición sobre la geometría en su obra. En un gran aeropuerto (todo líneas, ascensiones y descensos) caería muy bien un mural suyo.

En el taller anexo a su casa de la sierra de Madrid suele dejar esparcidos en el suelo bocetos y papeles que reposan hasta que decida dónde irán, si es que van en algún sitio. Cuando visitas a Gordillo tienes que sortearlos y seguir por los caminos bifurcados que improvisan. Es como si el artista te guiase a control remoto por la autopista de su obra. Algunos de esos papeles serán desechados como un mal pensamiento y otros serán indultados si el chasquido favorable de las neuronas decide salvarlos.

Ha pasado por numerosos territorios estéticos (pop, informalismo, diseño gráfico, fotografía, psiquismo...) y en cualquiera de esas parcelas sólo es Luis Gordillo. Criatura de inteligencia laberíntica felizmente constituido por un impulso neuronal desordenado, espejo roto en mil pedazos, que lo impulsa hasta el espacio imprevisto de la más alta lucidez. Del asombro incesante.