
Interior del reloj de la Puerta del Sol.EFE
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Sospecho que es algo común y por eso insistimos tanto: «Esto va muy deprisa». La vida pasa al galope y nos quejamos. Sucede ahora y también en el siglo de Séneca, que escribió De la brevedad de la vida. Un tratado del 55 d.C. donde el estoico echaba un poco la bronca no por la falta de tiempo, sino por el mucho que perdemos. Estos últimos meses, por ejemplo, todo gira escandalosamente alrededor del compost político. Suele ser así en los periodos de transición, en la antesala del derrumbe. Quien más quien menos siente la posibilidad de una debacle del Gobierno, de un colapso de Pedro Sánchez, de un vacío de referentes éticos y morales. Es una lástima invertir un saco de horas al día en hablar de alguna gente, porque lo dejan todo perdido bajo el falso techo de la emergencia y la premura. El profesor de Filosofía Fréderic Gros ofrece una idea precisa del error: "La ilusión de la velocidad es la creencia de que ir más rápido ahorra tiempo". Ir más rápido, en general, dispensa mejores golpes.
Voy cumpliendo años -de momento llegué a los 50- y cada vez me urgen menos cosas. Imagino que es el privilegio de hacerse un poco mayor por anticipo y abrazar la certeza de que la edad sólo ofrece recuerdos, que es un pensamiento hacia atrás. Toneladas de palabras vacías llegan a las casas en una sola jornada. Basta con tener la televisión encendida (o algunos programas de radio). Mi profesión exige mantener vivo el ruido, que no se apague, y con él imitar el rataplán fuerte del tambor por no dejar espacio a otros asuntos. Este embrollo artificioso hace un caldo confuso muy fácil de tragar. Para entender bien cualquier situación conviene crear espacios de silencio, de demora, de lentitud. Estoy otra vez más con el filósofo Josep Maria Esquirol: "El pensamiento es acción, quien comprende mejor una situación ya ha empezado a cambiarla".
Me temo que es puro ingenuismo el de Esquirol, el mío y el de quienes aún creemos que el tiempo se concreta mejor en lo pequeño: el hijo que descubre la música al piano; las cerezas que vuelven a la mesa; la amiga que supera el cáncer; el rato juntos con cerveza y los de siempre; leer a Rilke (quien murió hace un siglo); que las olas me traigan y las olas me lleven; observar a los gatos; escuchar un fandango de Fosforito y que nadie te obligue el camino a elegir. Eso es: sentirte fuera y lejos de todo, por un rato.
























