El pueblo aturdido por los escándalos y la inflación y la falta de vivienda y el desorden migratorio ya solo se conecta al sanchismo para increpar al televisor

Pedro Sánchez recibe el aplauso de la bancada socialista en el Congreso.EUROPA PRESS
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Recuerdo las crónicas parlamentarias de Gistau en 2014, cuando el bipartidismo ya se había quebrado en las plazas y en los platós de televisión -donde triunfaban Pablo Iglesias y Albert Rivera-, pero el hemiciclo conservaba en formol la mayoría absoluta de Mariano Rajoy. Anotaba David el desfase sociológico que lastraba el debate político en unas Cortes incapaces ya de representar las opciones urgentes que los ciudadanos expresaban en las encuestas y en los audímetros.
Bien, hoy ese desfase entre calle y Parlamento es aún más abismal, pero no porque haya nuevos partidos a la espera de irrumpir con rastas y bebés de teta en los escaños sino por los dos centenares de escaños apostados al pie de las agujereadas murallas del sanchismo. Es la cifra que otean sistemáticamente los sondeos, y el implacable calendario judicial solo puede incrementar la magnitud del último boquete. El pueblo aturdido por los escándalos y la inflación y la falta de vivienda y el desorden migratorio ya solo se conecta al sanchismo para increpar al televisor en los programas nocturnos que denuncian el penúltimo mangazo, y para murmurar a la hora del desayuno su ansiedad anticipatoria como de día de la liberación.
Hace meses que nuestro Tony Montana de Tetuán perdió la mayoría, como han vuelto a reconocer sus socios, pero su muro aún no se ha derrumbado. El inquilino de palacio ya oye las sirenas de la policía, pero ha decidido no ahorrar a los españoles ni un solo día del espectáculo de su propia angustia, de su tortuoso colapso a cámara lenta. Hasta el final -vamos, Cerdán- hará que apuremos los minutos de esta basura dialéctica, agotadora, estéril, inasequible al reciclaje. Porque la gran diferencia entre 2014 y este instante es que entonces los miércoles parlamentarios eran balsas de aceite, ajenos a la agitación exterior de la nueva política, mientras que ahora las sesiones son duelos a navaja. Quizá porque como avisó el autor del Quijote (por citar el libro de cabecera del presidente que situó en Soria la cuna de Machado, según nos jura su amanuense), en la naturaleza cada cosa engendra su semejante, y si el marianismo se escurrió entre los vapores analgésicos de una licorería, el sanchismo solo podía desembocar en una reyerta de macarras con orden de busca y captura.
Todos los diputados de ese Congreso embalsamado saben que la función terminó hace mucho. Pero solo los que invistieron a Pedro contemplan el futuro con la angustia del animal en peligro de democrática extinción.




















