A los ingleses, como le sucedió a mi padre, lo que les da miedo hoy es no reconocer su Inglaterra, que puede que ni siquiera conocieron o que tampoco fuera tan buena.

Manifestación en Trafalgar Square contra las políticas del partido de Nigel Farage Reform Uk, favorito en las encuestas.AP
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A mi padre le dio miedo volver a Inglaterra. La había conocido en un programa de intercambio universitario que buscaba nativos para dar clases de español. Mintió en su solicitud sobre su nivel de inglés, que era cero, y se presentó en un colegio con su maleta. Durante un año disfrutó de los Swinging Sixties. Al regresar a Córdoba con el pelo largo se enfrentó a un severo tribunal familiar, cuyo veredicto consistió en llamar a un barbero y pelarle casi como si fuera un hereje protestante. Mi padre regresó tiempo después con mi madre en su viaje de novios en 1972.
En 2014, mi hermano me propuso que juntos le compráramos como regalo de Navidad dos billetes de avión para que fuera a Londres con su segunda pareja casi medio siglo después de su última visita. Mi padre rechazó la idea de forma tajante. «¿Qué pasará si llego y no entiendo a la gente?», fue su justificación, que nos sonó ridícula. En realidad, a él le daba miedo ver un Londres que no era el suyo y que temía no reconocer, sentirse perdido cumplidos los 70 años en el metro o preguntando cómo se llega a Oxford Street .
El hombre que tanto había viajado en la primera parte de su vida, aquel que te insistía con pasión para que estudiaras idiomas a través de los cursos Assimil de casettes -defendía que así aprendían inglés los espías del KGB- tenía miedo a viajar cuando todo el mundo viajaba y solapar un recuerdo entusiasta de la juventud por una experiencia real de la vejez.
Ese conservadurismo emocional es el sentimiento que está dirigiendo la política. A los ingleses, como le sucedió a mi padre, lo que les da miedo hoy es no reconocer su Inglaterra. Por eso los políticos que suelen vender un pasado idílico y se arman de nostalgia tan frecuentemente. Tanto que la contradicción está a la orden del día. El mejor ejemplo es la reputación de Margaret Thatcher, reivindicada por quienes venden proteccionismo cuando ella abogó por el comercio sin límites y la desindustrialización.
«Si Nerón tocaba la lira mientras Roma ardía, la élite británica medita sobre el Brexit mientras la inmigración incendia el país», escribió Pardo el pasado fin de semana en este diario. Resulta que los populistas xenófobos que impulsaron la salida de la UE no dejan de subir en las encuestas aunque su anterior aventura se haya confirmado desastrosa para el país. Nigel Farage, un señor rico y ridículo, es el favorito en las encuestas con su partido Reform UK. Incluso a él le ha salido una competencia más ultra, liderada por su ex número dos de Farage, Rupert Lowe, con Restore Britain (Restaura Gran Bretaña). Leo en su página web oficial un fragmento del discurso fundacionaldel partido en el que apela a las entrañas: «Como pueblo, somos solo una sombra de lo que fuimos...». La nostalgia no se desgasta nunca y se puede evocar con metralleta. De Thatcher a la era eduardiana. Del periodo isabelino al Muro de Adriano. Se puede estirar tanto como la mentira y echar de menos la bonanza vivida bajo el rey Arturo, que ni siquiera existió.
Lástima que mi padre ya nunca pueda volver a Londres. Sueño a menudo con acompañarle.





















