























Nota bene
Una comunidad que no puede decidir qui�nes, c�mo y cu�ntos entran no puede garantizar nada de lo que promete puertas adentro, tampoco a los inmigrantes que ya conviven con nosotros

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A cuenta del caso h�ngaro, la semana pasada distingu�amos entre democracia y liberalismo. El debate sobre la �prioridad nacional� acordada en algunos gobiernos auton�micos -una pol�mica sobre el lugar de los inmigrantes en la comunidad- permite seguir desmadejando teor�a y pr�ctica. Lo cierto es que ni democracia ni liberalismo saben bien qu� hacer con la inmigraci�n, punto ciego de ambas doctrinas. Hist�ricamente, la democracia es el programa ideol�gico que propone suprimir las relaciones de subalternidad: todos los miembros de la comunidad, ricos y pobres, hombres y mujeres, blancos y negros, deben tener el mismo estatus ciudadano. El programa se detiene ante la �ltima oposici�n en pie: la que separa al nacional del extranjero, brecha que podemos acortar, pero no cerrar del todo. Con el liberalismo pasa algo parecido: prescribe la supresi�n de barreras al talento como v�a de prosperidad, y cuando choca con los l�mites entre pa�ses, logra hacerlos porosos, pero no eliminarlos por entero. Democracia y liberalismo, exasperados, llevados a sus �ltimas consecuencias, querr�an abolir las fronteras nacionales. Pero nadie en sus cabales cree que sea buena idea. La frontera existe porque la vida pol�tica se da dentro de una comunidad. �Es esto malo? No. La malfamada frontera es la condici�n para poder ser hospitalario. Una comunidad que no puede decidir qui�nes, c�mo y cu�ntos entran no puede garantizar nada de lo que promete puertas adentro, tampoco a los inmigrantes que ya conviven con nosotros. La frontera bien gobernada se convierte as� en el presupuesto de una pol�tica migratoria generosa. Fue Derrida quien formul� la apor�a: una hospitalidad absoluta e incondicionada destruye la hospitalidad y una en exceso condicionada dejar�a de ser hospitalidad. Hay, pues, que pensar en serio la frontera y renunciar a hacerlo no nos convierte en fil�ntropos sino en demagogos de un signo u otro. Como liberal, creo que mi comunidad se enriquece, en cuentas �ltimas, con la llegada de inmigrantes. Como dem�crata, las discriminaciones me incomodan y aspiro a que sean m�nimas. Pero si liberales y dem�cratas nos podemos estupendos y reducimos nuestras ideas al absurdo, entonces nadie se sorprenda de que los nacionalistas tomen el tim�n. Dejo de lado, en fin -muchos lo han apuntado ya en este diario- que sea la izquierda �plurinacional�, que ha hecho de Espa�a un estado profundamente desigualitario entre sus propios nacionales, la que ponga el grito m�s alto en el cielo ante la aparici�n del sintagma �prioridad nacional�. Hace gracia, pero poca.
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