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El Mundo
Andr�s Trapiello · 2026-06-27 · via Columnistas

A RZapatero y a PSánchez les esperan grandes humillaciones. De un refinamiento extremo. Llegadas de sus propias filas. Cada una de ellas una lanzada.

La primera se la ha asestado a Zapatero una persona que este conoce bien, con la que ha compartido ejecutivas, mítines, mesa y mantel. Les hemos visto, en el pasado, abrazarse, lisonjearse, celebrar victorias, lamerse heridas. Luego (ayer como quien dice) vino el distanciamiento. Y las malas intenciones. Los sobrentendidos malvados, los «tu tiempo pasó». La manera que ha tenido el más joven de llamarle viejo y acabado a quien idolatró.

Hace años me contaron en León una historia. Como de filandón. No sé, en León no hay mucha gente con imaginación para inventar una cosa así, y Zapatero, un alma de cántaro, pudo circular de sí mismo eso y más, quizá porque siendo de Valladolid se tiene en mucho. Lo que con tanta gracia decía Ferlosio: peer en olla. Véase a Óscar Puente. Se la brindo a quien vaya a escribir en el futuro la novela del grande hombre. Empezarla por ahí. Magnífica historia de sus tiempos de estudiante.

Llega la noche. Sus padres, con los que vive en el barrio de los míos, se retiran a dormir, y la casa queda sosegada. Todo es silencio. León, España, el universo duermen, y el joven Julien Sorel, quiero decir el entonces José Luis, baja a la cochera donde su padre estanca su, pongamos, R-12. El joven se desliza en él e introduce una cinta en el caset. Cada noche una cinta, y en cada cinta un discurso. Se oye una voz enardecida, de sobrada elocuencia. Habla el entonces presidente del Gobierno, su ídolo. La distancia de León a Madrid le parece sideral al joven; el salto de una ciudad de provincias a la capital, gigantesco. Oye algunas frases, detiene el caset, memoriza. Las repite palabra por palabra, los mismos giros, el mismo tono, la oratoria. Como un actor. Rebobina. Vuelve a poner en marcha el caset y esta vez su propia voz se suma a la de Felipe González, palabra por palabra, los mismos melismas, las mismas pausas. Cuando el auditorio que escucha a González lo ovaciona enloquecido, el joven acepta satisfecho esos aplausos como si fuesen dirigidos a él. Se sonríe. Por su esfuerzo. Por su memoria. Por su ambición. Aprendido ese caset, vendrán otros. Los discursos completos del presidente. En sus propios mítines le imita sin rebozo: es ya un Demóstenes.

Y, en efecto, un día el trágico azar de unos atentados le lleva, contra toda esperanza, a sentarse en el trono de aquel a quien tanto admiró.

Y a nuevos logros, nuevas ambiciones: la Moncloa se le queda pequeña y quiere ocupar en la Historia el lugar que hasta ese momento ocupaba FGonzález. No cejará durante años en ese propósito: la ley de Memoria Histórica le garantizará el futuro, refundando la Segunda República, «el periodo más luminoso de España», en su opinión.

Ese trabajo de coloso, que contó con un providencial PSánchez, hizo de él un iluminado, un gran nefelibata, un faro, un referente. Pero eso se truncó hace unas semanas: «Zapatero imputado». Feo asunto del que se serviría González, que siempre lo consideró un pigmeo, para lanzar su menoscabo: «Yo, la verdad, no lo veo con capacidad para montar una ingeniería financiera como la que estoy viendo». Añádase que cuando González pronunció la palabra capacidad, levantó las manos a la altura de su cabeza y las movió simulando los hemisferios de un cerebro.

Cuando unos días más tarde se descubrió el alijo de las joyas de Zapatero, González le asestaría la definitiva. Lo que se le dice a un carterista, a un descuidero, a un chorizo pillado in fraganti: «Que las devuelva cuanto antes». Suponiendo, en el mejor de los casos, que sea un «regalo de Estado», y no un pago, una comisión o un blanqueo. La de Longinos, comparada con esta, fue un rasguño.

La humillación que ha infligido Rufián a PSánchez hace tres días en el Parlamento ha tenido que parecerle a este doblemente humillante: por el tono (el de un bufón que parece preguntar cuando en realidad afirma: «¿Ustedes han robado?») y por verse obligado a tolerarle las insolencias. Un rey que necesita de su bufón para seguir en el trono: «Yo negocié durante semanas con José Luis Ábalos [hoy condenado a 24 años de cárcel] la primera investidura del presidente Sánchez. Su palabra era la palabra de Dios, y Dios era Pedro Sánchez. Así que [farsante], menos caritas», le dice a quien le está poniendo ojitos de caramelo; «y no me cuentes milongas», remató sin apearle el usted. Delante de toda España.

A estas humillaciones seguirán otras. No han hecho más que empezar. Se envilecen incluso a sí mismos (anteayer los socialistas, en pie, ovacionaron y rieron, como en una juerga de borrachos, la humillación que sitúa a PSánchez fuera de la democracia, lo que también le ocasionó a este una risa loca, de loco).

Pero nada, en el fondo, comparable a esto.

Si la mayor humillación sufrida por la izquierda fue ver morir a Franco en su cama, la de esta democracia será la de no haber encontrado entre los diputados un puñado de personas decentes que acaben con esta triste pesadilla. Sobre todo entre esos socialistas que negarán a Sánchez y a Zapatero cuando llegue el momento. Los mismos que hace pocos años aplaudían a Ábalos puestos en pie, cobardemente, cuando todos ellos sabían, sub rosa, que era un putañero. Los mismos en lapidarle hoy, llenándoseles la boca con sus «caiga quien caiga».