Bajad las armas
Mis padres estaban lejos de ser ricos, pero hered� a cambio una s�lida viejuventud espiritual. Sospecho que esa es la raz�n de mi prematuro atractivo entre el bumerato, que es el que tiene el dinero

El diputado Carlos H. Quero.VOX
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Cabe preguntarse si Espa�a sigue siendo un pa�s para abuelos. A juzgar por las l�grimas vertidas durante la pandemia, que se ceb� con los pulmones exhaustos de nuestros mayores, uno habr�a dicho que s�. Pero �ltimamente no deja de crecer tal rencor contra el bum�rido que ya se exhibe como credencial ideol�gica y marcador de clase. Se venden bien los libros que parten de la premisa de que los hijos vivir�n peor que los padres para luego ajustar cuentas. No me interesa ahora compartir o refutar esa tesis: me limito a constatar el nuevo materialismo dial�ctico que se extiende sobre los escombros woke de la guerra cultural. Vuelve el marxismo cl�sico, pero vuelve por la derecha. La revuelta de los que no tienen contra los que tienen se escenifica a diario en las redes, enconando las emociones y redirigiendo el voto hacia la extrema derecha en toda Europa. Desde Freud el hijo ha querido matar al padre, pero es que ahora quiere matar tambi�n al abuelo. A cualquiera que haya gozado del privilegio de la propiedad inmobiliaria, de la utop�a de un ascensor social en funcionamiento, del puesto de trabajo de lo tuyo y del fin de mes sin recurso al cr�dito o al ansiol�tico. La querencia narrativa de la especie por la falacia de la suma cero contribuye a aliviar la frustraci�n personal por la v�a m�tica de la culpa colectiva: yo no tengo mucho porque ellos han tenido demasiado. Si la cosa sigue as� y la muchachada no hereda pronto, se alzar�n pronto voces en la derecha juvenil exigiendo expropiaciones a la venezolana.
Un nacido en los primeros 80 que alcanz� la mayor�a de edad al filo del milenio no sabe bien con qui�n indignarse: con los puretas que pagaron hace mucho la hipoteca de su segunda vivienda o con los j�venes airados que comparten piso con la IA. Yo tuve suerte en la loter�a del temperamento y la formaci�n. Mis padres estaban lejos de ser ricos, pero hered� a cambio una s�lida viejuventud espiritual. La educaci�n que recib� me exoner� felizmente de la adolescencia, y la juventud me pareci� enseguida una cargante estupidez; por fortuna no dur� demasiado ni curs� con excesiva intensidad. Sospecho que esa es la raz�n de mi prematuro atractivo entre el bumerato, que al fin y al cabo es el que tiene el dinero. Otros se obsesionan con gustar a los chiquillos, incluso con pasar pat�ticamente por uno de ellos, pero van a tener que esperar a que mueran sus padres para salir de pobres.
En esta lucha de clases combaten en realidad las generaciones.





















