Cada semana alguien recomienda al líder de la oposición no hacer nada y dejar que el Gobierno se desgaste solo. Pero la inacción tiene mala prensa. El dilema no es muy distinto al de un portero ante un penalti: a menudo la mejor decisión es esperar

Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, en Sueca (Valencia).EFE
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Los porteros casi nunca se quedan quietos en un penalti. Hace veinte años, un grupo de psicólogos israelíes quiso averiguar si esa intuición era realmente la mejor estrategia. Tras analizar 286 penaltis ejecutados por futbolistas de élite, concluyeron que los guardametas se lanzaban demasiado a izquierda o derecha. Un estudio posterior, basado en 833 penaltis de la liga portuguesa, confirmó el patrón: los porteros permanecían en el centro en menos del 2% de los casos, pese a que una proporción mucho mayor de los disparos acababa precisamente ahí. Los psicólogos bautizaron esta tendencia como sesgo de la acción. Describe nuestra inclinación a intervenir antes que esperar, favoreciendo la acción frente a la inacción incluso cuando esta última sería la mejor opción. Cuando nos enfrentamos a un problema, hacer algo suele parecernos más sensato que no hacer nada. En el caso de los porteros, quedarse quietos puede resultar más difícil de justificar que lanzarse hacia un lado, aunque la decisión sea peor.
El sesgo de la acción también aparece en decisiones mucho más importantes que un penalti. En medicina, por ejemplo, existe una fuerte tendencia a intervenir más de lo necesario. Ante una consulta o un problema de salud, médicos y pacientes suelen preferir hacer algo antes que esperar, incluso cuando la evidencia aconseja prudencia. A veces la mejor decisión es observar; otras, no empeorar las cosas.
Las razones son varias. La inacción suele interpretarse como una negligencia, mientras que la acción se percibe como responsabilidad. Además, actuar nos hace sentir que conservamos el control de la situación. Y, por último, tendemos a exagerar los beneficios de intervenir y a olvidar que toda decisión también puede causar daño.
Tampoco los políticos suelen quedarse quietos. Cada semana alguien recomienda al líder de la oposición no hacer nada y dejar que el Gobierno se desgaste solo. Pero la inacción tiene mala prensa. El dilema no es muy distinto al de un portero ante un penalti: a menudo la mejor decisión es esperar. El problema es que, en política como en el fútbol, quedarse quieto suele juzgarse peor que lanzarse en la dirección equivocada. Los votantes también padecemos el sesgo de la acción. Nos gusta pensar que los problemas se resuelven haciendo cosas, aunque no siempre sea verdad.























