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El regreso a la fe
Jacobo Berga · 2026-04-20 · via Columnistas

Nunca en doma

Un adolescente percibe hoy que hay instituciones que atraviesan los siglos y otras que se consumen a la velocidad de la actualidad

El Papa Le�n XIV, durante su viaje a Angola.

El Papa Le�n XIV, durante su viaje a Angola.EFE

Actualizado

Audio generado con IA

Mi hija peque�a, que cumple 16 a�os, nos sorprendi� hace poco dici�ndonos que har� la primera comuni�n, algo que sus hermanas mayores ni se plantearon. No somos creyentes, pero tampoco hemos hecho militancia en contra. Hemos procurado no imponer a nuestras tres hijas ninguna creencia, ni pol�tica ni religiosa, con la excepci�n quiz�s del f�tbol, donde s� he exigido que fueran del Athletic de Bilbao.

Tampoco es que seamos neutros: tenemos ciertos gustos y las hemos expuesto a ellos. Las hemos llevado a ver c�mo pasa la Macarena por la calle Parras, bajo una lluvia de p�talos, y c�mo se detiene bajo un balc�n para o�r una saeta. Tambi�n viajamos a Roma, donde oyeron a un coro cantar en San Juan de Letr�n y vieron la capilla Sixtina. En esa acumulaci�n de arte, de belleza y de ritual, mi hija decidi� que hab�a algo ancestral de lo que quer�a formar parte.

Le advert�: recuerda que las mujeres no pueden ser ordenadas sacerdotes y que la homosexualidad sigue siendo considerada pecado; no olvides que hay muchos aspectos discriminatorios en el dogma cat�lico que son dif�ciles de sostener desde una mirada contempor�nea. A mi hija todo eso le pareci� secundario frente a lo que encontraba en una misa: la fe, el rezo, la posibilidad de creer en algo.

Para muchos en mi generaci�n, la Iglesia fue el contrapoder que bloqueaba derechos que exig�amos y que no ten�amos: el divorcio, el matrimonio homosexual, el aborto o la eutanasia. Tambi�n asistimos con indignaci�n a la falta de diligencia, la opacidad y la cobard�a con la que la Iglesia trat� a pederastas, algunos de los cuales incluso ayud� a eludir la acci�n de la justicia. Todo ese pasado reciente no est� ya en la memoria de la generaci�n de mi hija, que ve en el mundo de hoy al Papa como una de las pocas figuras con altura moral.

Creo que su decisi�n, como la de otros chavales de su generaci�n, no es ajena al descr�dito de la pol�tica. Han visto desfilar esc�ndalos de corrupci�n a derecha e izquierda, observan c�mo el relato moral de nuestro Gobierno se desmorona cuando se examinan las conductas personales de sus abanderados, y sienten hast�o ante unos partidos incapaces de hallar consensos b�sicos, empe�ados en cancelar la verdad del otro hasta el punto de no dejar nada a lo que agarrarse.

El veterano periodista Miguel �ngel Aguilar hablaba de poderes de hoja caduca y de hoja perenne. Entre estos �ltimos situaba a la Iglesia; entre los primeros, a los gobiernos y sus ideolog�as. Quiz� una adolescente hoy perciba algo de eso: que hay instituciones que atraviesan los siglos y otras que se consumen a la velocidad de la actualidad.

Tal vez por eso, para la juventud, la religi�n aparece como un refugio m�s s�lido, una narrativa que habla esencialmente de amor y paz, y que ofrece una respuesta a una sociedad polarizada y a un mundo dominado por tiranos que llaman a la guerra. No s� si la fe de mi hija durar�. Pero entiendo que, en un tiempo en que los pol�ticos han perdido autoridad moral y capacidad de ilusionar, la Iglesia vuelva a aparecer como una promesa de sentido.