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Un golpe seco cada quiosco que cierra
Angel Navarrete · 2026-05-30 · via Columnistas

A tus pies, querido Carlos Alsina. Todos estamos gastados, pero sólo tu voz tiene la valentía de admitirlo

Imagen de un quiosco en la ciudad de Madrid.

Imagen de un quiosco en la ciudad de Madrid.

Actualizado

Han cerrado el quiosco de la esquina del barrio casi perfecta. Había de todo. Súper, papelería, cafetería, joyería, droguería. Por jubilación, se despide la pareja dueña del quiosco con una nota pegada a la persiana de cierre. Después de 41 años con todos vosotros, ha llegado el momento. Hace cosa de dos meses, cerraron también la corsetería de las cajitas de cartón con los sostenes las bragas, los pijamas y los camisones perfectamente alineadas en la estantería. También la Onda Media ha desaparecido, dejando ya un silencio desasosegante para los que aprendimos a amar la radio de su mano. Todo cierre. Todo silencio. Todo duelo.

Los quioscos, tal vez no por casualidad, están desapareciendo a la misma velocidad que el periodismo que no busca echar gobiernos, ni elogiar a partidos o líderes, ni quiere ser correa de transmisión de la oposición. A tus pies, querido Carlos Alsina. Todos estamos gastados, pero sólo tu voz tiene la valentía de admitirlo.

Están muriendo los quioscos y se merecen un entierro digno. Una oración fúnebre a la altura de lo que representaron en nuestras vidas. El quiosco de Antonia, en el barrio de San José Obrero de Zamora, era el corazón de padres, hijos y abuelos. ¿Cómo podía definirse la felicidad más que yendo al quiosco a comprar campeche negro y refresco para mezclarlo y que las burbujas estallaran en la boca? Nada parecido hoy en día a la alegría de ir a buscar el último libro de la colección Biblioteca de la Historia de Sarpe, que mi madre le encargó a Antonia habida cuenta del entusiasmo de la hija por la Historia. Aún permanece en la estantería, como el Nuevo Larousse y otras enciclopedias, aguardando pacientemente un futuro incierto. ¿En el contenedor? ¡Que no quiero verlo!

Íbamos al quiosco de Antonia a por los periódicos y las revistas y también a saber por dónde iba la vida del barrio. Ella siempre ahí, sentada o de pie, hiciera frío o calor. Dispuesta a vender chucherías, diarios, cromos o pequeños juguetes del plástico, o a interesarse por la salud de mi madre cuando le detectaron el cáncer, o de los hijos que daban mala vida a los padres, o de los vecinos que vivían en la escasez, que eran muchos.

Todos hemos tenido siempre un quiosco, sucesivamente según la vida nos iba llevando. El de Antonia fue el primero. Luego vinieron todos los demás. Cada vez que cierra uno, sentimos un golpe seco en la memoria emocional de nuestras muchas tristezas acumuladas.