El aplomo con el que el impostor actúa permite hoy decir a tantos respecto de Zapatero: a mí esto no me encaja con la persona que yo conocía. Quizá es que solo conocieron al personaje

El ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, en una conferencia sobre China en Madrid.MUNDO
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Cómo olvidar aquellas tomas falsas de los vídeos en los que Paco Sanz, conocido como el hombre de los 2.000 tumores, se dedicaba a su lucrativo oficio, que era el oficio de dar pena. Paco Sanz se fingía enfermísimo, cautivaba los corazones solidarios y les pedía que donasen dinero para ayudarle a afrontar las facturas del tratamiento. Cuando la impostura cedía, porque le entraba la risa o se trabucaba, él hacía algunas bromas que provocaban las carcajadas de sus operadoras de cámara, su novia y su madre, y por las que se filtraba su desprecio por los incautos que acudirían al reclamo de las buenas intenciones. Fue Jabois, por entonces, quien escribió que aquellas eran las tomas falsas de las tomas falsas, o sea las tomas buenas.
Zapatero, en fin. En las tomas falsas de las tomas falsas, o sea las tomas buenas, nuestro aspirante a supervisor de nubes se revela como un avaro algo obsesionado con el dinero. Está al tanto del último céntimo que recauda por trabajos que retratan al mayordomo de capitalistas y al cómplice de crueles gobiernos. Y vigila los movimientos con una perceptible impaciencia.
En casos como el de Paco Sanz, entiendo que hay un momento en que la impostura sigue su avance, ya no solo impulsada por la codicia, sino por la adicción al personaje. Seguro que a Sanz le llegó a gustar sentir la conmiseración pública y no hay duda de que Zapatero tiene una vanidad muy excitable, como demuestra su incansable pero agotadora exhibición de bondad.
Supongo que es ahí donde nace el aplomo con el que el impostor actúa y que hoy permite decir a tantos respecto de Zapatero: a mí esto no me encaja con la persona que yo conocía. Quizá es que solo conocieron al personaje. Al contrario que Gertrudis Alcázar, su secretaria; que, por las reticencias que mostró durante el registro del despacho del ex presidente, sabía incluso lo que guardaba en su caja fuerte.
Sobre esto, ya saben, hay teorías. Se ha hecho muy célebre la de Stanislavski, acerca de que para salir a mentir a escena hay que recurrir a alguna verdad profunda que ayude a construir el personaje. Yo soy más de Diderot, que mucho antes sostenía justo lo contrario: el gran actor es el que no siente nada. El que se emociona de verdad pierde el control técnico y actúa peor.
















