Ciudad abierta
Supone una refutaci�n del presunto desinter�s de los docentes el que tantos estemos entre preocupados y deprimidos por el absentismo

La Princesa Leonor, durante su visita al Ala 14 del Ej�rcito del Aire y del Espacio en Los Llanos (Albacete).EFE / Casa Real
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La Princesa Leonor ir� a la universidad el a�o que viene. Lo que no sabemos es si ir� alguien m�s. La decisi�n sobre los estudios de la heredera ha coincidido con un debate sobre el absentismo estudiantil en nuestros campus. Un informe de la Aut�noma de Barcelona ha se�alado que este fen�meno va en aumento, y en algunas asignaturas alcanza el 40%. Las reacciones han sido variadas y han se�alado toda la gama de posibles culpables: los estudiantes, los profesores, la sociedad, el neoliberalismo, Bolonia, los PowerPoints...
Confieso no tener ni idea de c�mo se puede corregir este problema. En parte, porque quienes nos lo tomamos m�s en serio, y quienes m�s remedios proponemos, somos los propios profesores. Esto no es algo malo: ya supone una refutaci�n del presunto desinter�s de los docentes -uno de los chivos expiatorios habituales en estos debates- el que tantos estemos entre preocupados y deprimidos por el absentismo. El problema es que tampoco somos los m�s indicados para comprender por qu� el estudiante medio se comporta como lo hace. Est� la diferencia de edad: buena suerte conectando con alguien que es 20, 30 o hasta 40 a�os m�s joven que t�. Y luego est� el hecho de que los profesores, por lo general, no fuimos estudiantes normales. Nuestro inter�s por nuestras materias, y por el mundo universitario, era inusualmente elevado: por eso seguimos en �l mientras que casi todos nuestros antiguos compa�eros han acabado en otros sectores.
Esto nunca ha impedido a los buenos docentes conectar con estudiantes de generaciones y temperamentos muy distintos de los suyos. Pero conviene recordar esas limitaciones cuando muchos diagn�sticos sobre el absentismo parecen centrarse en cuestiones que molestan... a los propios profesores. Como si un regreso al tipo de universidad que nos gust� a nosotros necesariamente fuera a gustar a todos aquellos estudiantes que no son -y nunca van a ser- como �ramos nosotros. Claro que estas dudas no implican entregarse a cualquier propuesta de los muchos vendeh�mos que dicen haber visto el futuro de la docencia. M�s bien explican una cierta y melanc�lica resignaci�n: a estas alturas, uno siente que solo puede preparar sus clases lo mejor que pueda. Y esperar que, cuando llegue el momento, los estudiantes entren por esa puerta.





















