El Papa ha puesto su capacidad intelectual y su liderazgo moral al servicio de causas tan simples como la defensa de todo lo humano

Visita del Papa a La Laguna.MUNDO
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León XIV nos ha dejado solos. Con la conciencia de nuestra propia mismidad. Después de mostrarnos lo mejor que tenemos, habitualmente oscurecido por el humo canalla de la conversación pública, el papa ha regresado a su casa en el Vaticano, cargado de toneladas de cariño, admiración y mucho cansancio. Se ha pegado una paliza importante para enseñarnos a nosotros mismos lo que podríamos ser a poco que lo intentáramos.
El Rey -más contento que nunca se le ha visto en esta semana- le despidió en nombre de los españoles. Le despidió en nuestro Sur, el Sur del mundo, el Sur negro del que nadie se acuerda en el Norte blanco y rico, como no sea para levantar el muro cuando se acercan a nuestras prósperas fronteras. El Papa se lleva cientos de regalos, miles de saludos, millones de aplausos y nos deja centenares de imágenes tan bellas como una película de Frank Capra. El Papa Prevost, un misionero de Chicago, deja mucho más de lo que lleva. Nos deja un legado de enormes palabras de paz que han dejado ridículamente desnudas las guerras políticas y culturales en las que pierden el tiempo y se encanallan la política y el periodismo.
Estamos acostumbrados a una conversación pública dominada por palabras bárbaras de furia, saña, rabia, inquina, ensañamiento, insulto, ofensa, desprecio, humillación y menosprecio. Pelea, pelea y pelea. Es el ruido de fondo. No éramos del todo conscientes hasta que llegó el papa a hablar con palabras de dignidad, amparo, compasión, piedad, solidaridad, refugio, ternura, acogida, respeto, asilo, cobijo, regazo, consuelo, tolerancia, honradez.
A cada palabra del papa, se nos escapaba una lágrima. A la soberanía nacional representada en las Cortes le pidió desarmar el lenguaje y regresar a los valores de nuestros padres, al respeto y la educación. Su reivindicación de las Humanidades y de la dignidad del ser humano frente a la máquina es un oasis en medio del desierto tecnológico al que nos han arrojado los tiempos. El Papa ha puesto su capacidad intelectual y su liderazgo moral al servicio de causas tan simples como la defensa de todo lo humano. Su llamamiento a alzar la mirada del móvil es el grito más revolucionario de una era en la que los humanos miran a la cara de los demás a través de la pantalla del móvil.
El Papa nos invitó a una mesa en la que el mantel estaba impecable, limpio y liso como el jaspe. Libre de basuras, agravios, ofensas, escarnios, injurias, memes, virales, zascas y Only fans. Le esperamos, León XIV. Que vuelva cuando quiera.























