























Los cubanos están de suerte. Gracias a que la isla lleva en la miseria años y no queda allí nada que espoliar y robar, Zapatero la ha dejado tranquila.
Por las más de cuarenta veces que ha visitado Venezuela, a La Habana sólo ha ido dos o tres.
Impera en Cuba el mismo socialismo que en Venezuela, si acaso no más refinado, porque llevan allí casi setenta años robando y espoliando. Y, por supuesto, también tienen sus presos políticos. En cuanto a dictadura, la de Cuba es un punto más sofisticada, si cabe: el comunismo ha destruido allí la dignidad de las personas hasta el punto de que estas no sólo no se atreven a rebelarse contra el régimen, sino que ni siquiera les alcanza para pensar libremente cuando están solos. Han dejado de hacerlo, por temor a tener que obrar en consecuencia. Desde el «periodo especial» su resignación es aún más deprimente que el ensañamiento con que los esbirros del régimen, a menudo unos muertos de hambre como sus víctimas, se emplean contra estas.
Si a Zapatero, como decía, le hubiera preocupado el socialismo del siglo XXI y la dignidad de... bla, bla, bla, mucho antes que a Venezuela habría tenido que viajar a Cuba, más necesitada de su talante, de su mediación, de su armoniosa sintonía con el cosmos. ¿Por qué no lo hizo? Porque en Cuba no queda nada codiciable.
El lado positivo es que Zapatero dejó en paz a los presos políticos cubanos. Para él, presos de segunda por no servirle de moneda de cambio. En medio de su desdicha, habrán tenido ellos un pequeño consuelo: no se habrán visto, sobre ofendidos, afrentados.
En estos diez últimos días se han publicado decenas, cientos de artículos sobre Zapatero. Qué menos. Si Albert Rivera acuñó el célebre sintagma-Sánchez («son una banda y tienen un plan»), Rosa Díez advirtió antes que nadie el fraude-Zapatero, cuando este le mintió (pero no engañó) sobre los terroristas de Eta con los que estaba pactando con una indignidad sólo comparable a su doblez y cobardía. Zapatero no acabó con Eta; Eta, que había intentado acabar con la democracia, ha acabado donde quería, hoy, gracias a los socialistas, gobernando en Pamplona, y mañana en el País Vasco, si no se remedia. Zapatero no vino tampoco a culminar la Transición con una Ley de Memoria Histórica, sino a continuar la Guerra Civil donde quedó perdida, dividiendo al país de nuevo en dos Españas. Y, en fin, la mediación del expresidente con Puigdemont no buscó nunca la pacificación de la sociedad catalana, sino el sometimiento de la mitad no nacionalista a los nacionalistas, en pago al apoyo de estos en Cataluña, como quedó sellado en el antidemocrático Pacto del Tinell.
¿Cómo no iban a publicarse cientos, y aun miles, de artículos en cuanto se conocieron los graves delitos de Zapatero, todavía presuntos?
La mayor parte son, claro, artículos críticos con él. ¿A favor?... A excepción de aquellos que están a sueldo de Sánchez, nadie se atreve a poner la mano en el fuego por el expresidente, usando esa expresión que ya ha dejado chamuscados a tantos. A lo más que llegan algunos es a esgrimir la «presunción de inocencia».
No suelen aludir estos últimos a la situación procesal de Zapatero ni siquiera al estupor o a la depresión en que les ha sumido. Por el contrario, su irritación y furia la dirigen contra aquellos que osan criticarlo («favorecen a la extrema derecha», arguyen). «Lo más detestable es la oportunidad que ven algunos de hacer leña del árbol caído desde el momento mismo de la imputación. Los apresurados en la condena, la jauría impaciente con sed de revancha», he leído en alguien que, en un rapto de sinceridad, se acababa de confesar equidistante entre quienes quieren mantener el pulgar en alto o bajarlo.
Ni siquiera se conocía entonces lo del alijo de joyas que el expresidente guardaba o más bien escondía en una caja fuerte camuflada, algo que apunta más que a un presunto delito económico, a un delito, ya probado, de lesa moralidad... estética.
Porque hablamos del hombre a quien perseguirá de por vida aquello de que «ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho», y del político que justificó la superioridad moral de la izquierda en el desprecio y cancelación de quien no pensara como él. No ya leña, en astillas como palillos de dientes debería quedar ese legado, antes de que mute en proyecto de esa República plurinacional de la que han empezado a hablar los únicos que permanecen al lado de su principal defensor, PSánchez: los exterroristas de Bildu, los separatistas condenados y amnistiados y los comunistas, todos ellos partidarios de acabar, cómo no, esta legislatura.
Zapatero no es un árbol caído... todavía. Desde luego que no. Hoy por hoy es sólo la copa visible. La raíz es PSánchez. Y caerán los dos o no caerá ninguno («no hay motivos para retirar el apoyo a Zapatero», ha dicho aquel, y será por indultos). Y con ellos, las ramas: ministros, medios sincronizados, almas bellas... Y por supuesto, quien pide hoy la presunción de inocencia para Zapatero, se está adelantando a pedirla para Pedro Sánchez, necesitados de Sánchez tanto como Sánchez necesita a Zapatero y Zapatero a Sánchez.
Y de acuerdo, son una banda de forajidos, pero por una vez ha de dárseles la razón. Cuanto más tarde PSánchez en convocar las elecciones, más honda será la tumba del partido socialista, como teme Page. A expensas de lo que todavía puedan saquear, será un año interesante.
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