Serendipia
El Papa no demoniza la IA, pero advierte de su capacidad para manipularnos de formas cada vez m�s sutiles

El Papa Le�n XIV, el pasado domingo en San Pedro.AP Foto
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Que una enc�clica papal se adentre en el debate p�blico sobre la inteligencia artificial (IA) y los algoritmos es ya un acontecimiento hist�rico. Presentarla como heredera de la Rerum novarum, publicada en 1891 por Le�n XIII, no ha sido un artificio ret�rico: la evoluci�n de los movimientos obreros y, por tanto, de la sociedad industrial no habr�a sido la misma sin aquella pol�mica intervenci�n, que despert� tanta indignaci�n como entusiasmo y sent� las bases de la democracia cristiana.
La ambici�n de Le�n XIV es que la Iglesia vuelva a influir ante una encrucijada hist�rica. Quiz� resulte parad�jico que una instituci�n nacida hace dos milenios pretenda iluminar ahora el complejo entramado tecnol�gico en que vivimos. Pero lo cierto es que Magnifica humanitas introduce un necesario correctivo al discurso dominante: frente a los reiterados estallidos de asombro por lo que pueden hacer las m�quinas, devuelve el protagonismo -como Rerum novarum- a un dilema social. La gran inc�gnita no es qu� nuevas capacidades adquirir� la IA, sino qu� clase de personas y de relaciones propicia.
Le�n XIV contextualiza las nuevas tecnolog�as en una �poca �marcada por nuevas formas de poder global y por desigualdades crecientes�. El mundo cambia r�pidamente y no hay garant�a de que vaya a hacerlo a mejor. Urge actuar, como en tiempos de Le�n XIII, aunque falten muchas respuestas. Curiosamente, la Iglesia se distancia as� del providencialismo que inunda algunos discursos de Silicon Valley, que vinculan el futuro de la humanidad al de una hipot�tica conciencia superior de las m�quinas o a la posibilidad de prescindir del cuerpo para vivir eternamente en un chip.
Magnifica humanitas subraya las condiciones materiales que produce la transformaci�n digital y evita discusiones bizantinas sobre almas sin cuerpo, ya sean humanas o artificiales. �El mundo al rev�s? En realidad, el cristianismo siempre ha problematizado la relaci�n entre lo terrenal y lo intangible, lo visible y lo oculto, lo temporal y lo eterno. La propia figura del Papa encarna una forma hist�rica de mediaci�n sorprendentemente duradera: representa a una comunidad de fieles y personifica la idea que los une. No hay religi�n sin ritual, como no hay tecnolog�a sin infraestructura.
Le�n XIV no demoniza la IA, pero incide en su capacidad para manipularnos de formas cada vez m�s sutiles. Advierte contra la fantas�a de una comunicaci�n angelical e instant�nea, libre de interferencias e intereses ocultos. Una seductora ilusi�n que, para bien y para mal, la Iglesia conoce mejor que nadie.





















