"Nos debe un acto de contrición y tiene que ser contundente", repetía sin sonrojo ZP a propósito de los escándalos sin fin del Emérito

Zapatero, en su jura como presidente del Gobierno, en 2004, ante los Reyes Juan Carlos y Sofía.EFE
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El shock en la izquierda española por las fechorías de Zapatero es equiparable al que produjo en buena parte de la ciudadanía, no digamos entre quienes valoran el papel de la Monarquía, la caída del caballo con el Rey Juan Carlos tras hacerse públicos sus desmanes. El torrente de noticias que hoy retratan a la reina madre del PSOE como entonces al monarca recién abdicado causan los mismos sentimientos de incredulidad, orfandad, cabreo, estupor. No son pocos los paralelismos en los casos que tanto ensucian las biografías de ambas figuras, cada cual en el peldaño correspondiente del pedestal. En lo que no hay parecido alguno es en la contundencia con la que actuó Felipe VI contra su padre el día que se conocieron sus cuentas offshore en el extranjero, condenándolo ante los españoles con un durísimo comunicado, retirándole la asignación pública y mostrándole la puerta de salida del Palacio de La Zarzuela, con el "José Luis, yo te creo" que viene entonando el presidente del Gobierno, de tan consciente como es Sánchez de que su futuro, quizá en demasiados sentidos, está encadenado al del gurú de muchas de sus políticas.
"Nos debe un acto de contrición y tiene que ser contundente", repetía sin sonrojo Zapatero a propósito de los escándalos sin fin que se han ido descubriendo de Don Juan Carlos. Y, mientras pontificaba el ex presidente sobre ética en la esfera institucional, cómo aguantaría el pulso sabedor de que tenía tanto que tapar. A los españolitos, todo hay que decirlo, no se nos caen las vendas de los ojos con facilidad, somos de aguante largo y tragaderas. Porque de las corruptelas del ex Rey como de las de Zapatero anda que no se lanzaron señales muchos años antes de que a cada cual les explotara ya sin remedio la sinvergonzonería en las narices. Y nadie se daba por aludido ni los susodichos mostraban signos de nerviosismo, de tan impunes como se sentían.
Muchos de los "comportamientos no ejemplares", eufemismo tan palaciego, que arruinaron la imagen del Rey Juan Carlos y sumieron a la Corona en una crisis reputacional de la que todavía hoy trata de recuperarse, se produjeron con Zapatero como presidente del Gobierno. No es que ciertos manejos económicos y otros borboneos incompatibles con quien encarnaba la Corona no vinieran de mucho atrás. Pero ZP fue un líder especialmente pusilánime con lo que se cocía en Zarzuela y el Rey disfrutó aquellos años, los de Corinna metida hasta la cocina, de un campo de acción en el que todo era orégano. Formaron buen tándem Don Juan Carlos y Zapatero. Salvo discrepancias notables en asuntos como la retirada de las tropas de Irak, que por las formas y el fondo a Su Majestad no le gustó nada, casi todo discurrió en sintonía y el socialista siempre se ha mostrado con razón agradecido por el apoyo del monarca en asuntos tan delicados como la negociación con ETA.
A quienes más papistas que el Papa exigen la rehabilitación del Emérito poniendo en valor su incuestionable legado político, les han salido ahora como imitadores cuantos defienden que tanto da que Zapatero haya sido un granuja ex presidente porque toca estarle eternamente agradecidos por sus servicios prestados. El tiempo del ciudadano no es el del historiador. Y en el momento presente sólo cabe sentir vergüenza de lo fácilmente que se corrompen nuestras altas autoridades del Estado.

















