
Lamine Yamal
Actualizado
El mal inicio de la selección española en el Mundial, con críticas exageradas y clima de revancha, ha reavivado un desagradable murmullo que empezó hace dos años en la Eurocopa por la irrupción de Iñaki Williams y Lamine Yamal, pero que su magnífica actuación en aquel torneo y su conexión con las nuevas generaciones de seguidores de 'la Roja' silenciaron fácilmente. Me refiero a la duda maliciosa de si los hijos de la inmigración pueden entender y representar «la identidad» (sic) de la nación española. Un debate tóxico que la extrema derecha lleva tiempo queriendo importar de Francia, donde el lepenismo presenta al combinado de fútbol, compuesto en casi su totalidad por jugadores de raza negra, como a un equipo africano -que contraponen a la más blanquita selección de rugby- y que ejemplifica ese «reemplazo» demográfico que estaría arruinando a Europa.
Al calor del empate con Cabo Verde ha regresado este ruido de fondo que siembra dudas sobre la implicación de Lamine con España, debido a una supuesta actitud displicente -¿volvemos a aquella estupidez de la "furia española"?- y gravísima como llevar en sus botas las banderas de Marruecos y Guinea en homenaje a los países de origen de padres. Aunque, para qué engañarnos, básicamente es señalado porque para estos grandes patriotas nunca dejará de ser un moro de mierda.
Este discurso, por suerte todavía residual, retrata la concepción de España tan alejada de su realidad social que tienen los alféreces de la «prioridad nacional». Hoy los institutos, el metro, los centros comerciales, los gimnasios están llenos de jóvenes Yamal y Williams a los que nadie puede exigir que piensen y actúen de acuerdo con la identidad española porque esta, simplemente, no existe como tal. Cada ciudadano tiene una identidad única, subjetiva, múltiple...
Observado desde una mirada egoísta en lo deportivo, el discurso contra Lamine es contraproducente, ya que las selecciones que son un reflejo de la calle son las más exitosas. Pienso en las multiculturales Francia, Inglaterra y Alemania frente al decadente equipo de Italia, muy blanco por sus políticas restrictivas con los inmigrantes y que ha pasado de ganar el Mundial en 2006 a no lograr clasificarse en los tres últimos campeonatos.
Y aún tiene menos sentido desde una mirada patriótica: que un futbolista de la proyección global como Lamine escogiera jugar con España y no con Marruecos -una selección levantada sobre la diáspora, con jugadores nacidos en Francia, Holanda, Bélgica o España - es un acto voluntario de adhesión y complicidad con el proyecto colectivo español. Y una señal de que quizá el problema no sea que los Lamine y Williams del presente y del futuro deban asumir la «identidad española», sino que la España que algunos exigen solo existe en sus mentes trastornadas de racismo.






















