























Plurinacionales han sido y serán siempre los imperios, donde los súbditos permanecen segregados en alveolos étnicos

Iván Redondo, ex jefe de gabinete de Pedro Sánchez.EFE
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Debe de andar algo triste Iván Redondo de que el estallido del caso Zapatero le haya robado el foco mediático. Llevaba semanas el afamado spin doctor paseándose por las tertulias como un mago sin escenario, listo para volver a la primera línea política por «vocación de servicio», sobre todo si el requerimiento viene de Pedro Sánchez, el que fuera su más conspicuo cliente. Como el truco de sacar piezas de ajedrez de los bolsillos de la chaqueta ya se lo hemos visto, ahora gasta otros efectismos, como eso de llamar «caucus» a las elecciones autonómicas, que es su modo de decirnos que sabe tanto de Estados Unidos que si quisiera podría jugar en la NBA de la comunicación política, pero prefiere brindar su talento a la modesta liga española. En sus apariciones, Redondo aprovecha para promocionar unas memorias que, a juzgar por algunos pasajes que circulan, es un libro capaz de hacer diabético al lector. Entre recuerdos de fazañas pasadas, el aún joven consultor donostiarra prescribe la fórmula para galvanizar el voto de la izquierda, doblegar a las encuestas y ganar las elecciones en 2027: «La visión de España como Estado plurinacional del sur de la Unión Europea». Qué pesadez. No. Doble no. Séptuple no. Por tricentésima vez: un Estado democrático no puede ser plurinacional. Plurinacionales eran las monarquías del Antiguo Régimen, en las que clero y nobleza eran naciones jurídicas separadas del pueblo llano. Plurinacionales han sido y serán siempre los imperios, donde los súbditos permanecen segregados en alveolos étnicos. Es el triunfo del programa democrático -la extensión universal de la ciudadanía- lo que deroga para siempre las situaciones de plurinacionalidad. Allí donde triunfa la democracia, germina una nueva nación política, vehículo de una única ciudadanía igualitaria, que en nada molesta o impide, de darse, una frondosa diversidad cultural. Pero cultura no es nación. Sí, ya sé, hago el ridículo abordando con argumentos de teoría política a un comunicólogo que tan solo quiere colocar un relato para ganar unas elecciones sin preocuparse de las consecuencias de las palabras que emplea. Pero si ellos insisten, yo también. Por lo demás, la idea es rancia: la izquierda ya es plurinacional y ese abandono de la nación común algo tiene que ver con el «ambiente de ira y corrosión» que Redondo detecta en España. Como banderín de enganche, la plurinacionalidad es consigna aviejada que dudosamente va a ilusionar a nadie. Un unicornio sin cuerno que se parece a un caballo y, que bien mirado, es una burra coja. Y Redondo, el que la vende.
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