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El Mundo
Jorge Bustos · 2026-06-27 · via Columnistas

Un niño que vea a Cristiano Ronaldo marcar dos goles con 41 años durante su sexta participación en el Campeonato del Mundo no lo tomará como una gesta inconcebible. Lo tomará como algo consabido

Cristiano Ronaldo celebra un gol frente a Uzbekistán.

Cristiano Ronaldo celebra un gol frente a Uzbekistán.AP Photo

Actualizado

Nos aseguraron que sería el peor Mundial de todos los tiempos. Que si tres sedes es un lío, que si la policía xenófoba de Trump, que si ya dejan jugar hasta a Curazao (¿dónde co… está Curazao?). Pero lo cierto es que los jugadores de leyenda no paran de marcar, las selecciones de pedigrí cumplen de momento con las expectativas debidas a su historia y el mercado de jóvenes promesas no para de bullir. ¡Mucha atención a Gilberto Mora, el próximo sol de México! ¡No te pierdas los highlights de Ayyoub Bouaddi, la perla marroquí que ya emociona a Benzema! Si mañana sus carreras estallan en plena ascensión, como aquel petardo entrañable llamado Royston Drenthe, nadie se acordará de los ditirambos de hoy. Pero el papanatismo forma parte de la magia de los mundiales, y el niño que llevamos dentro sonríe cuando ese amigo consultor que siempre quiso ser periodista deportivo nos manda exultante el vídeo de su último descubrimiento, tasado muy por debajo de su valor.

Todos recordamos nuestro primer Mundial. El mío fue Italia 90, uno de aquellos veranos invencibles de la infancia en el que las tardes duraban como hegemonías y nuestra conciencia de patena aún no tenía memoria de otro daño que el de las caídas en bicicleta. Mi abuelo nos compraba los cromos de Panini y mi hermano mayor me recitaba las alineaciones hasta que yo las repetía como un dócil catecúmeno. En el soviético televisor de aquella casa crepitaban las jugadas de la Alemania de Klinsmann, de la Italia de Baggio, de la Inglaterra de Lineker y Gaiscoigne, de la Holanda de Van Basten, de la Rumanía de Hagi. Nadie de mi generación es capaz de mencionar a Gica Hagi sin añadir inmediatamente: "¡el Maradona de los Cárpatos!". Pero es que además jugaba Maradona, el de verdad, a quien nadie llamaría el Hagi del Río de la Plata. Y recuerdo por supuesto los goles de Míchel.

Esta Copa del Mundo de 2026 estará creando recuerdos tan indestructibles como aquellos míos en millones de niños de todo el planeta que no tienen ninguna necesidad de saber quién es Donald Trump ni dónde co… está Curazao. Salvo si son de Curazao, naturalmente. Siempre es el mejor Mundial de la vida de alguien.

Los Mundiales son fenómenos emocionales intensos que poseen la virtualidad de contraer la línea del tiempo y trastocar las edades, igual que los prismas refractan la luz. El profesor que formuló la teoría del tiempo interior, que acorta o estira su duración en virtud de una vivencia subjetiva, se llamaba Bergson, y este verano se presentaría en el aula embutido en una camiseta de Mbappé. Él nos explicaría que los Mundiales maduran a los niños, porque los vuelven capaces de entablar sesudos debates en los patios, con argumentos a favor y en contra de cada una de las estrellas del torneo, con abundante manejo de estadísticas y otras evidencias basadas en datos, al objeto de establecer el ranking definitivo de la excelencia futbolística internacional. Pero a la vez los Mundiales tienen el poder de aniñar a los adultos, desinhibiendo antiguas pulsiones y forzándolos a protagonizar ciertas escenas que a menudo provocan la vergüenza de sus esposas.

Pongamos un ejemplo. Un niño que vea a Cristiano Ronaldo marcar dos goles con 41 años durante su sexta participación en el Campeonato del Mundo no lo tomará como una gesta inconcebible. Lo tomará como algo consabido, lógico en la lógica pura de los niños: un día más en la oficina de goles de Cristiano. Y nuestro niño pensará así porque ha crecido viendo goles del astro portugués desde que su tierna memoria se desprecintó y empezó a coleccionar sorpresas, alegrías y berrinches.

Sin embargo un padre de familia bonaerense, que acaso labure en un importante banco de inversión, es muy posible que haya sollozado hasta el séptimo hipido al ver el quinto gol de un Messi que pasea por el campo como un agrimensor reumático hasta que recibe el balón. Un Messi sabio, dadivoso y tacaño al mismo tiempo, porque administra sus aceleraciones como un avaro su oro, pero luego lo regala a manos llenas con una penúltima genialidad que nosotros, ingenuos, habíamos creído la última.

¿Quién de los dos, el niño o el padre, se conduce entonces con mayores dosis de racionalidad? ¿Quién es el adulto aquí?

Por eso existen los Mundiales. Por eso fueron inventados y por eso deben repetirse cada cuatro años en guerra y en paz, en pandemia o en salud. Porque los humanos no sabemos vivir acompasados a la cronología lineal y rutinaria de la vida. Ni sabemos ni queremos.