La orgullosa 'Global Britain', divorciada de Europa hace 10 años, descubre ahora que el mercado está regular y que EEUU es un amante desdeñoso. Nada tan deseable como aquello que se pierde

Agentes estadounidenses incautan barriles de alcohol en Newark, en el año 1931.AP
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El Brexit recuerda cada día más a la vieja Ley Seca estadounidense. Otro de los experimentos más célebres y fallidos de la historia. Otro órdago jurídico pregonado como bálsamo mágico contra los males de su siglo, el XX, promovido por buhoneros políticos que proclamaban una nueva era de prosperidad, seguridad y control.
La Ley Seca nació en 1920 envuelta en un cálido arrullo de promesas. Sus defensores aseguraban que rebajaría la delincuencia, mejoraría la salud pública, fortalecería la familia, aumentaría la productividad y elevaría la moral de la nación. Cada cual proyectaba en ella su propia expectativa. Para unos era una cruzada moral. Para otros, una reforma económica. Para muchos, una manera de recuperar el control sobre una sociedad en desmelenado progreso.
Con el Brexit pasó un poco lo mismo. Hay quien fue a la urna con una papeleta contra los inmigrantes. Algunos le achacaron superpoderes económicos. Otros lo apoyaron por trasnochada nostalgia imperial. Y tantos por castigar a una clase política que despreciaban. Pero bajo la bandera del No a Europa convivían proyectos incompatibles entre sí del mismo modo que la Ley Seca cobijaba desde predicadores religiosos a reformistas sociales o nacionalistas culturales. En ambos casos se marginó a quienes advertían de sus costes: tecnócratas a los que no les salían las cuentas de la salida de la UE; economistas y criminólogos que cuestionaban la eficacia de prohibir el alcohol.
La realidad acabó echándole el freno a ambas apuestas separadas por cien años. La Ley Seca no convirtió a EEUU en el país virtuoso de la propaganda. De hecho tuvo un efecto bumerán, aumentando el prestigio de los delincuentes y el atractivo del producto que pretendía erradicar. Si antes de 1920, beber una copa era costumbre, después se convirtió en acto de rebeldía. La declaración de guerra del Gobierno estadounidense al whisky acabó, pues, regalándole una rentable campaña de marketing: los gánsteres se convirtieron en celebrities, los bares clandestinos florecieron y millones de ciudadanos respetables descubrieron de repente una fogosa pasión por bebidas en las que apenas habían reparado cuando eran legales.
Una vez más se cumplió la vieja regla: si quieres que algo cotice alto, hazlo inaccesible.
Algo que quizá empiece a pasar con los británicos a los 10 años de su divorcio con Europa. Una década en la que el país ha visto al sexto premier, Keir Starmer, entonar el canto del cisne en el atril de Downing Street mientras la orgullosa Global Britain descubre que el mercado está regular y que Estados Unidos se ha convertido en un amante desdeñoso. Nada tan deseable como aquello que se pierde.


























