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Hermano, yo sí te creo
TOÑO BENAVIDES · 2026-06-13 · via Columnistas

Durante años las élites españolas no daban un paso sin antes asomarse a la Gaceta de Madrid y, años después, al Boe, el Boletín Oficial del Estado. Pla ironizó sobre el asunto. Sucedió cuando, ya en el franquismo, el periódico Abc sustituyó como oráculo al Boe y los funcionarios madrileños, valiéndose de que ambas publicaciones tenían el mismo formato, leían en su oficina el Abc solapándolo con el Boe. ¿Que se acercaba el jefe de negociado? El funcionario ocultaba discretamente el Abc bajo el Boe, y fingía estudiar en este una de sus disposiciones. Al Abc, en ese papel influyente, le sucedió el periódico El País.

Luis María Ansón, además de ser el director del Abc en los años en que Ferlosio pillaba en él su dosis de abeceína, fue también, tengo entendido, el primero a quien se le ocurrió llamar a El País «diario gubernamental». Era, claro, una ironía (en la mancheta de El País se leyó durante años «diario independiente de la mañana»), pero también una gran verdad: el periódico servía como tablón de anuncios de los gobiernos socialistas, cuando no marcaba su línea de actuación política.

Digamos antes de proseguir que las palabras «independiente» e «independencia» pueden tomarse, según el contexto, de diferente manera. Una persona enamorada, por ejemplo, no es ni siquiera libre de amar a otra distinta de quien ya está prendada. Es el dependiente por antonomasia, y una gran parte de los seres humanos querrían vivir bajo esa dependencia, sobre todo si es correspondida. Y así sucede también con la crítica. No hay crítico que no exhiba su independencia como la primera condición para prestigiar e imponer su criterio, y de ahí que se desautorice muchas veces la crítica o reseña que procede de una persona «sospechosa» o cercana (absurdamente: en literatura, las mejores críticas se deben a los amigos: la de Balzac a la Cartuja de Parma, las de Clarín a Galdós o las de Azorín a Baroja, por ejemplo. Dicho de otro modo, tampoco es infrecuente que el crítico que alardea de su independencia sea también un gran inepto).

De modo que cuando alguien asegura que El País es hoy el periódico gubernamental o Rtve un órgano oficial, por ser los medios de los que se valen el Gobierno y el P.S.oe para dar a conocer su doctrina o su consigna, no deberían afrentarse ni ofenderse. Y no tanto por ser algo que corrobora a diario su praxis, como por ser consecuentes. Si de verdad creen que están en el lado correcto de la Historia, si de veras defienden la excelencia de sus postulados «progresistas», debieran presentar sin complejos su dependencia del Gobierno y del P.S.oe y su superioridad moral. Como lo está uno de escribir de los libros de sus amigos (de quienes es amigo, entre otras razones, porque escriben como escriben), o de defender radicalmente la independencia de las instituciones, frente a quienes las someten a diario a la voluntad del Gobierno y del P.S.oe, en una sintonía con sus medios serviles como para dejar de chuparse el dedo, que diría Óscar López.

Claro que a estos y otros medios afines el Gobierno y el P.S.oe no se lo están poniendo nada fácil los puteros, ladrones, fontaneras, zapateros y comisionistas, por muy entrenados que estén a estas alturas en avalar amnistías y pactos con terroristas, delincuentes y ultranacionalistas. Por eso, son más de admirar sus encajes retóricos. A su lado los famosos encajes de bolillos parecen un remiendo mal hecho.

Así que, sin quitarles mérito ahora, desde luego, por aquello de que cada día trae su afán, ha de valorarse el esfuerzo que han empezado a hacer esos medios por deslindar de puteros, ladrones, fontaneras y peristas a aquellas otras personas, no demasiadas, que de veras les importan.

Los tribunales han querido que la primera de ellas haya sido David Sánchez, el hermano del presidente del Gobierno. La semana que viene será su mentor, su musa, Zapatero.

El País, siguiendo al Gobierno y al P.S.oe, ya ha condenado sin juicio a Leire Díez la fontanera (hay que minimizar daños cuanto antes) y ha salido en defensa del hermano en un editorial que hubiera podido titular: «Hermano, yo sí te creo». Se parecía, como una gota de agua a otra, al que en su día dedicó al fiscal general, y al que dedicará, en su momento, a la mujer del presidente, y con razones similares: el editorialista cree (y creerá) no que sea inocente, sino que no se ha probado que sea culpable. Al fiscal general lo condenó el Supremo, y aunque a DSánchez le absuelvan, lleva razón su compinche, también juzgado, el señor Gallardo, cuando dijo en su alegato final: «Ya han ganado. Nos han condenado socialmente». Cierto: será difícil olvidar que DSánchez había estado cobrando un sueldo sin saber dónde estaba su oficina y que él, Gallardo, creía tanto en la justicia, que se aforó para evitarla.

Las imágenes del juicio han resultado, en medio de todo, tristes. Uno, grande y torpe como un boxeador sonado; el otro, su segundo, portátil+, nervioso y advertido. Uno, con las áreas del lenguaje seriamente perjudicadas; el otro, como decía Pasionaria de Alberti, «un piquito de oro». En una caseta de feria, se les habría tomado por una pareja de cómicos, si no fuera por la tragedia nacional que han representado. ¿Cómo que «ya han ganado»? Este es el drama: esos dos no saben lo que han hecho perder moralmente a este país y a quienes trabajaban honradamente para pagar sus sueldos.