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Instrucciones para dormir en un tren de alta velocidad
Jorge Bustos · 2026-05-09 · via Columnistas

Bajad las armas

Quiz� el error sea pensar que hoy, en la cuarta econom�a del continente, tenemos derecho a esperar, en virtud del simple abono de un billete, que nos trasladen de un punto a otro sin que medie un incidente

Pasajeros del Ave durante una interrupci�n del servicio.

Pasajeros del Ave durante una interrupci�n del servicio.

Actualizado

No habr� dejado usted de observar que los trenes de alta velocidad en Espa�a ya no marchan exactamente a alta velocidad. Un sencillo viaje de Madrid a Zaragoza, que antes duraba no mucho m�s de una hora, hoy dobla f�cilmente ese registro. Semejante circunstancia se presta a las conjeturas de los f�sicos cu�nticos o a las diatribas de los pol�ticos de la oposici�n, pero a los ciudadanos de a pie que hayan decidido pactar con la paciencia para no a�adir m�s l�grimas a este valle quiz� les abra perspectivas insospechadas de felicidad.

Soy de la opini�n de que todos los males de la patria se resolver�an si sus naturales otorg�semos al sue�o la importancia que merece. Los espa�oles llevamos fama de trasnochadores, enemigos de las arteras artes de Morfeo, ciudadanos convencidos de que la dulce sumisi�n nocturna a la inconsciencia arrastra el bald�n de una derrota. En cada espa�ol se agita un noct�mbulo insobornable, alguien criado en la convicci�n de que irse pronto a la cama y cumplir con las ocho horas de descanso que prescribe la Organizaci�n Mundial de la Salud entra�a una claudicaci�n. Para contribuir a deshacer ese equ�voco el Ministerio de Transportes ha decidido ofrecer sus trenes lentificados a la ciudadan�a como una oportunidad para la reparaci�n del sue�o que un prejuicio meridional y oscurantista les roba a diario.


El ferrocarril decelerado se erige as� en actualizaci�n de la siesta. Pero para conciliar el sue�o en un inc�modo vag�n plastificado que se mueve a doscientos kil�metros por hora es preciso atenerse al esp�ritu con el que Julio Cort�zar redact� las instrucciones para subir una escalera, para dar cuerda a un reloj o para matar hormigas en Roma.


El viajero que quiera descabezar un sue�ecito no bien arranca el traqueteo decimon�nico de la alta velocidad espa�ola debe resolver enseguida el problema de la postura. Si le toca asiento de pasillo, y sus negociaciones para permutarlo con el vecino de ventanilla fracasan estrepitosamente, se aferrar� todav�a a la esperanza de que el vecino trasero acepte la inclinaci�n del respaldo sin resistencia. Si por el contrario el viajero ha sido agraciado con asiento de ventanilla, su �nica lucha se entablar� con la agresi�n t�rmica en forma de aire acondicionado que emana sin descanso, en verano y en invierno, de la rejilla de ventilaci�n; a tal efecto se recomienda viajar pertrechado de jersey, sobretodo o toalla que tapone la salida de la refrigeraci�n.


Si a pesar de estas disposiciones el sue�o no acude sol�cito a los p�rpados cansados del viajero, cabe la posibilidad de recurrir a los tapones de gomaespuma y al comod�n de la mesilla. Yo he compartido habit�culo con cuerpos tiernamente abandonados sobre esa plataforma plegable, la boca abierta segregando una baba beat�fica y el cr�neo ca�do sobre los brazos cruzados a modo de almohada, bloqueando al educado vecino la posibilidad de salir al vag�n restaurante o a aliviarse en el ba�o. Pero me temo que para alcanzar esa clase de nirvana es preciso haber llegado a la estaci�n directamente desde la pista de alguna discoteca clandestina.


Las pastillas siempre son una opci�n para almas desesperadas, pero se desaconsejan para el caso de que el destino del viajero no coincida con el final del trayecto. Una vez disuelta en el torrente sangu�neo, la qu�mica se vuelve francamente incontrolable. Es probable que el viajero que se propon�a visitar a su t�a de Calatayud se despierte estupefacto en L�rida.


Se recomienda consumir alcohol a bordo. Se recomienda reconvenir con miradas col�ricas a los desavisados pasajeros que por alguna extra�a raz�n han decidido que el balance de sus negocios insignificantes o las vicisitudes de su familia disfuncional interesan lo m�s m�nimo al resto del pasaje. Se recomienda apostar a que la azafata nos sonreir� espont�neamente en caso de que el insomnio se revele invencible.


De un tiempo a esta parte no es f�cil viajar en tren en Espa�a. La gente echa la culpa al ministro del ramo, que ciertamente no se caracteriza por sus dotes para el fomento de la serenidad en nuestra vida p�blica. Pero quiz� el error sea nuestro por pensar que hoy, en la cuarta econom�a del continente, tenemos derecho a esperar, en virtud del simple abono de un billete, que nos trasladen de un punto a otro de nuestra geograf�a sin que medie un incidente c�mico, una demora inopinada, un brote de hantavirus o un descarrilamiento tr�gico.