Este restaurante es perfecto para un almuerzo de trabajo o una cena de ligoteo. Hay platos que están fantásticos

Uno de los platos de Tribeca.
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Una de las expresiones que más gracia me hacen es "sota, caballo y rey", referida a que no hay nada más y que es lo que es. Ni complicaciones ni sorpresas. Y, en el caso de un restaurante, solo buen hacer: salud y buenos alimentos (sin magnesios, péptidos o colágenos mañaneros).
Se echa de menos en Madrid restaurantes de 50 pavos en los que comer bien sin que el almuerzo de trabajo sea diversión obligada ni la cena de ligoteo o de amigoteo se torne un esfuerzo. En Tribeca (Marqués del Duero, 5), la carta no es muy larga, seguramente porque el comensal habitual no exige nada más allá de los platos que sabe que el cocinero hace bien. Y ofrece tres o cuatro que son imbatibles.
Es el caso del steak tartar, que para mí —criada entre el trasiego del Bar des Théâtres, en París— es un plato fundamental. Y para que esté perfecto —los hay buenos, muy buenos y el de Tribeca— la carne tiene que ser de calidad, estar cortada a cuchillo y bien aliñada. Aquí lo preparan delante de ti y lo acompañan con esas patatitas tentadoras que quienes vivimos con la fijación de la proteína podemos cambiar por una ensalada fresca y sin complicaciones. Lo pedí con un punto más de picante (24 euros). El vino tinto así lo permitía.
También pedimos una tosta (qué palabro tan horrible) de tartar de gamba roja (6,5 euros), que es de las mejores que he tomado, pese a que no es de las más caras. Otras opciones interesantes para almorzar son la ensalada César (12 euros), los mejillones a la marinera (16 euros) y el tatin de chalota y burrata (8 euros).
Los segundos también merecen la pena. Además, se puede pedir la guarnición que se quiera. Una carbonara o una arrabbiata funcionan si no se temen los hidratos. En proteínas, el lenguado a la meunière (55 euros para dos personas) y la pluma ibérica (25 euros) con puré de chirivía son buenas apuestas. También hay un rodaballo a la beurre blanc(34 euros) en el que el toque ácido se impone a la mantequilla y aligera mucho el plato.
Descarté el postre. Seguro que están a la altura, a juzgar por lo bien que se come aquí. La mousse de chocolate, el flan de mascarpone... buenas excusas para alargar la comida con una copita más de vino en un entorno ciertamente agradable y que gustará a Arcadi. Tribeca es un buen bistrot. No falla. A mi comensal de trabajo le costó invitarme 45 euros. Pasó la factura.




















