A simple vista
Lo mismo que hay men�s para cel�acos o restaurantes que admiten perros, debieran existir vagones habilitados exclusivamente para los que vamos leyendo en silencio a Tolstoi o a Paz Padilla

Una mujer lee una novela en el metro de Madrid.
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De todas las heroicidades urbanas, acaso la m�s meritoria sea la de leer un libro hoy en d�a en lo que es la mayor sala de lecturas de la gran ciudad: el metro.
Lo mismo que hay men�s para cel�acos, plazas de aparcamiento para personas con discapacidad o restaurantes que admiten perros, debieran existir vagones habilitados �nica y exclusivamente para los que vamos leyendo en silencio a Tolstoi, a Paz Padilla, a Bazterrica o a Perico El de los Palotes sin meternos con nadie.
Antes de los tel�fonos m�viles, la gente le�a en el metro libros, peri�dicos de pago y gratuitos, apuntes de clase, el prospecto del Bisolv�n, yo qu� s�, frases que ten�an sus oraciones yuxtapuestas y sus subordinadas como Dios manda, sustantivos que ten�an todos sus acentos bien puestos. Hoy no. Hoy se lee Lol y se lee Holi. Se lee Tkm y se lee De chill. Se lee Servir co�o y se lee WTF... Hasta uno mismo se tiene que decir: �Venga, Pedro, aguanta, no toques el m�vil hasta Sainz de Baranda, que t� puedes�.
Resulta que se sienta a tu lado alguien que tambi�n va con un libro y como que le das con el codito en plan chispa personal. Una vez �ramos cuatro en la misma bancada y yo creo que dimos que hablar. Nos entraron ganas de poner un cartel como en el zoo, uno que dijera: �Se ruega no arrojar cacahuetes a los lectores�.
Leer una novela en el metro es como tratar de enhebrar una aguja subido a un toro mec�nico: te entretienes en el adem�n, vaya, pero la verdad es que te luce poco.
Est�n los que abren las piernas a tu lado como si sufrieran una inflamaci�n testicular y est�n los que irrumpen en el vag�n atestado con la mochila a la espalda lo mismo que R�diger en un c�rner, est�n los raperos que juegan a improvisar rimas con lo que ven (Dios perdone a los raperos que juegan a improvisar rimas con lo que ven) y luego est�n los peores de todos, los m�s nocivos, los m�s irreductibles, esa plaga que crece y crece sin remedio: el que saca el m�vil como si estuviera solo y lo escucha a toda pastilla sin auriculares. Lo mismo una conversaci�n con su abuela que un cap�tulo de la serie de moda. Lo mismo un tutorial de cocina que una de esas escenas con ca�das absurdas en la que suenan muchas risas.
El se�or con la discom�vil. Y t� all�, con tu librico.
Una vez me encar� con una de esas b�rbaras y saqu� mi Samsung como quien saca el Colt. Puse lo primero que me sali� en Spotify. Acerqu� un poco el m�vil a su cara. Me mir� como si yo estuviera mal de la cabeza. Me encog� de hombros, como diciendo �y ahora qu�, eh�, �qu� pasar�a si todos hici�ramos lo que t��. Sigui� a la suyo. Volv� a lo m�o.
Debe de ser que, con los a�os, uno no puede con la mala educaci�n. O al menos con los maleducados de ahora. Porque se puede ser un grosero ejemplar. Como Borges, vaya. Una vez lo llamaron por tel�fono de la Casa Rusa en Buenos Aires para que acudiera a un homenaje a Dostoievski. El escritor fue. Era una mesa redonda y all� estaba hasta el embajador ruso. Cuando le toc� hablar, dijo con muy mala educaci�n: �Como a m� Dostoievski no me gusta, voy a hablar de Dante�. Y de Dante habl�.






















