La evolución del modelo autonómico habría sido muy diferente de prosperar la LOAPA, anatemizada por los nacionalismos vasco y catalán

Leopoldo Calvo-Sotelo, en su escaño de presidente del Gobierno.EFE
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De todos los libros publicados por los políticos de la extinta UCD, el más divertido e íntimo es Memoria viva de la Transición (Plaza&Janés). Lo firmó en 1990 Leopoldo Calvo-Sotelo, del que anteayer, coincidiendo con el aniversario de la II República, se cumplieron 100 años desde su nacimiento. El calificativo de divertido no es exagerado. Párrafos sardónicos, anotaciones cargadas de una ironía que contrasta con la fatua impostura de los políticos de nuestro tiempo y un compendio impagable de anécdotas que dan una idea de la Transición y de su trayectoria pública, un trabajo completado luego en otros tres volúmenes: Papeles de un cesante (1999), Pláticas de familia (2003) y Sobre la Transición exterior (2005).
«Cada gesto de su cara es un delito, había dicho Cambó de Romanones con menos fundamento», escribe en referencia a Alfonso Guerra. De Fraga destaca su «vehemencia jupiterina». Se guarda de confesar muchas cosas, admite que le ganó «pocas batallas» a Felipe González y minusvalora los efectos del 23-F («modificó muy pocas cosas»). Pero vale la pena su relato de la descomposición de UCD (una organización «incómoda y fatigante») y de la tentación presidencialista de Suárez («se mueve con más soltura entre las personas que entre las ideas o los partidos»). Sus páginas evocan el legado de un periodo clave en la consolidación democrática, la apertura al exterior y el embrión del Estado de las Autonomías.
Ingeniero de caminos, canales y puertos con el número uno de su promoción en 1951 y sobrino del protomártir de la sublevación contra la legalidad republicana, Calvo-Sotelo fue el presidente menos longevo, y no por ello el menos relevante, de todos los gobiernos desde 1977. Durante su mandato, de apenas 21 meses, nuestro país ingresó en la OTAN y se fraguaron las primeras negociaciones para la adhesión de España al bloque europeo. Y algo más: en junio de 1982, el Congreso aprobó la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA) , con la que UCD y el PSOE -tras la asonada militar- pretendían que las normas estatales primaran sobre las autonómicas en las competencias que la Constitución atribuye al Ejecutivo central. Un año después, el TC consideró que esta ley no era orgánica ni armonizadora, y anuló sus principales artículos.
No sabemos qué hubiera pasado si un conservador culto y dialogante como Calvo-Sotelo hubiera permanecido más tiempo en La Moncloa. Sí sabemos que la evolución del Estado autonómico habría sido muy diferente de prosperar aquella ley, anatemizada por los nacionalismos vasco y catalán. Ningún Gobierno ha vuelto a atreverse a llevar a las Cortes una reforma recentralizadora de una malla territorial más deshilachada que el traje de Tarzán.























