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Tienes que reformar tu vida Ratas nadando a Canarias con la enfermedad crónica de España La ejecuci�n pol�tica de Felipe Gonz�lez Su vida, realidad y lamentos son solo una percepci�n Los nietos del �xodo Instrucciones para dormir en un tren de alta velocidad Los ricos del crucero ahora son leprosos La tecnolog�a que inquieta a los bancos y que nadie es capaz de desarrollar en Europa Se�or Florentino P�rez, esta es la soluci�n para evitar la decadencia del Real Madrid Marxismo de derechas La Fiscal�a Anticorrupci�n, pero menos Invocaci�n de Guille Galv�n, m�sico y poeta Errorismo, el arte de celebrar la equivocaci�n Los maleducados de ahora �Por qu� no vienen a clase? La paradoja de Aldama Contra esta guerra santa hist�rica, supersticiosa y comercial Calma, nos pide Fernando Sim�n Recuento de la pandemia La noche en que supimos que subir�n los impuestos Me casar� con mi madre �Cu�nto hay que premiar a Aldama? �balos tiene tanta gracia como S�nchez: ninguna La humillaci�n es la diversi�n del mundo Mariano Barbacid: auge y ca�da del mito del genio solitario Debemos tanto a Joseph Jackson Aprender de nuevo el idioma de una madre La ben�fica medida de higiene social del Tribunal Supremo Cincuenta a�os de agravio andaluz Bildu y Vox se parecen, y mucho La Princesa Leonor va a la Universidad El golpe electoral de S�nchez... en Per� El irresistible encanto de Agatha Christie Koldo y �balos no tirar�n de la manta para delatar al miembro m�s decepcionante del sanchismo Delcy Rodr�guez, la traici�n servil de la envenenadora Del 'kleenex' a la piscina: el grave error de afrentar a quien m�s deseas Perfiles Y ahora me fumo un m�vil Podr�amos llamarlo "el perfil chistorra" Corrupci�n, justicia, populismo Koldo y Abalos no tirar�n de la manta para delatar el miembro m�s decepcionante del sanchismo Todo lo que me gusta es ilegal, pero a Sánchez también Si no tuviera tres pelos, ya no ser�a mi Koldo S�nchez y Junts, televisi�n mediante El Madrid sin primavera o la segunda venida de Mourinho C�mo hacer para no salir de escena La buena educaci�n y el respeto Tecnolog�a, nueva religi�n y viejos integrismos El dinero de los padres y los hijos tontos: c�mo es posible que la econom�a vaya bien y no llegue a final de mes Qu� cosa tan fea es especular Anatom�a del quilismo 'E pluribus unum': varios casos, una trama Un juguete tambi�n puede hacer da�o El �rbol de Aldama y el bosque de S�nchez "Tienes que ir m�s a los sitios" Con el trasvase del Tajo acabar� el cambio clim�tico, no S�nchez Profeta sin papeles Caos e incertidumbre por decreto Vox contra los obispos: �ya tenemos una derecha «normal»? El traidor B�rcenas, el traidor Aldama Hermana de Rimbaud, sobrina de Lorca Empleos de dos horas y media al d�a A qu� huele la patria Milagro en San Blas El juez de la morcilla y el chorizo de Pujol La ministra y el tertuliano El agua en la piscina de Aitor Esteban Las famosas "pantallas" no existen: por qu� el debate sobre sus riesgos es enga�oso �Por qu� es usted conservador? Otros tiempos, otra pol�tica, otros pol�ticos Matar a Trump III Las 40.000 personas que necesitaron escolta Federico Garc�a Lorca, poeta sin voz La izquierda identitaria ya est� aqu� El Rey, v�ctima colateral de la necesidad de S�nchez de antagonizar con Trump Escribir a mano: "prioridad nacional" Ya tenemos otra reforma constitucional El mayor pucherazo es cambiar el censo Si tiene un problema, llame a un chef Mariano Rajoy, el arte de los cubiletes de la confusi�n La frontera es condici�n de hospitalidad Nos cargaremos la democracia pero estamos tan entretenidos... Ayudas, vivienda, menas: la "prioridad nacional" del PP y las correcciones de Azc�n Despu�s de Rajoy Agarrando f�rreamente a la princesa No te cansar�s en vano Todo es CIS, fascismo y planes de vivienda salvo alguna cosa Una bully de revista y un cobarde en la presidencia Cuando Illa pide 'seny' para Pujol Un debate de adultos entre espa�oles Lo que queda del �rbol El monte muere en silencio El desastre de Chern�bil, o la letal toxicidad de la mentira Tecnocasta contra 'pajaportes' Manual para invocar el futuro Pedro vuelve a Ferraz El dilema de las prioridades entrecruzadas El nacionalismo de las regiones sin nacionalismo Rajoy no se enteraba de nada y S�nchez, menos Peque�as mitoman�as: la voz del actor Jos� Luis Gil
El tri�ngulo Letizia, Leonor y Sarah Santaolalla
Juan Diego M · 2026-04-29 · via Columnistas

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Espa�a puede explicarse con una excursi�n al tri�ngulo de nuestra era. La Reina Letizia, en el papel de Don Juan Carlos I, Sarah Santaolalla, en el papel de Bel�n Esteban, y la heredera al trono, la Princesa Leonor, abanderada de la generaci�n politolog�a

Leonor abraza a Letizia en el juramento de la Constituci�n

Leonor abraza a Letizia en el juramento de la Constituci�nPOOL

Actualizado

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ESPA�A, a 29 de abril de 2026, puede explicarse con una excursi�n al tri�ngulo de nuestro tiempo. Los tres v�rtices son la Reina Letizia, en el papel de Don Juan Carlos I, Sarah Santaolalla, en el papel de Bel�n Esteban, y la heredera al trono, la princesa Leonor, abanderada de la generaci�n politolog�a. La Princesa Leonor es la primera parada. Su padre, el Rey Felipe VI, marc� un hito est�tico que captur� el esp�ritu de la d�cada de los 90 al liderar la expedici�n ol�mpica en Barcelona. Leonor, al matricularse para estudiar Ciencias Pol�ticas en la Carlos III, resume la obsesi�n del pa�s por desgranar la pol�tica, paralizado por el lema Lo Personal Es Pol�tico. Hasta la heredera de los Borbones, sobre la que recae un legado de siglos, necesita ser aleccionada por la �lite del talante cient�fico, de la Espa�a literal, sobre su destino. Leonor es otra funcionaria en un pa�s convertido en transbordador de funcionarios. Ahora debe justificar su puesto con formaci�n, convirti�ndose en la primera interina colocada en lo m�s alto de la cadena tr�fica. Leonor, como primera funcionaria, reinar� un pa�s dividido en dos castas: los empleados p�blicos y los otros.

Por el v�rtice m�s cercano a Leonor se llega a la Reina Letizia, la sustituta de Juan Carlos I. Espa�a siempre ha estado hipnotizada por los prestidigitadores de idiomas. El pa�s lleva en el salpicadero el B1 con la leyenda yo conduzco, �l me gu�a. Letizia ofrece un suced�neo saludable a la campechan�a al congregar partidarios alrededor de los discursos y su colecci�n de lenguas. La Reina funciona como elixir de los agn�sticos de la monarqu�a, que encuentran ah� un placer culpable como los que dec�an ver S�lvame por su realizaci�n experimental. Los juancarlistas cayeron en el mismo hechizo. Letizia, adem�s, tiene permitido trasladar la Casa Real hasta sus aficiones. Juan Carlos la puso en los toros, la caza y el compadreo, Letizia la ha llevado a rodajes de pel�culas, a Malasa�a y a los periodistas. Destacar su habilidad para hablar como si fuera una extraterrestre se debe a que la sociedad est� sepultada por toneladas de scroll. No hay una respuesta al malestar entre tanto ruido. Por eso, cuando Letizia habla la cacofon�a se detiene: escucha el silencio igual que lo escuch� Iniesta al marcar el gol.

Sarah Santaolalla ocupa el v�rtice m�s lejano como tertuliana del pueblo. Tiene a su Jesul�n de Ubrique, resucit� la naturalidad como cualidad profesional y es un personaje de las historias que cuenta. Va dopada con un toque Only Fans, la mosquitera que atrapa a sus odiadores.

Y usted est� aqu� en medio, sin entender nada. Ya lo s�.