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El Mundo
Arcadi Espada · 2026-06-25 · via Columnistas

El Tribunal Supremo devolvió la semana pasada un trozo de dignidad al Estado al indemnizar a Ahmed Tommouhi por sus años de injusto encarcelamiento

Ahmed Tommouhi, en 2023.

Ahmed Tommouhi, en 2023.ARABA PRESS

Actualizado

El Tribunal Supremo -la sala de lo contencioso-administrativo y el ponente Carlos Lesmes- devolvió la semana pasada un trozo de dignidad al Estado al indemnizar a Ahmed Tommouhi por sus años de injusto encarcelamiento. Catorce años, diez meses y cuatro días, exactamente. Algunos servidores clave del Estado habían fallado sincronizadamente: policías, fiscales, jueces y políticos. Por suerte otros consiguieron atenuar el mal, después de muchos años y mucha lucha. Abderrazak Mounib tuvo otro destino. Lo detuvieron dos días después que a Tommouhi. Y murió de un infarto, ocho años, cinco meses y doce días después de su encarcelamiento en Can Brians. Compartía con Tommouhi -al que no conoció hasta entrar en la cárcel- algunas acusaciones de violación. Y la inocencia.

Hace 20 años fui a casa de los Mounib. Me abrió Fátima, la mujer. Le pregunté qué había hecho el Estado con ellos. Me contestó que quitarle el Pirmi con el que trataba de mantener a sus cuatro hijos. Hoy encuentro el perfil de la más pequeña, Fátima Mounib Hamani, en LinkedIn. Veo que se ha abierto camino y se me hace un nudo la escritura. El periodista Braulio García Jaén relató el ambiente de su crianza en Justicia poética: «Las hermanas se criaron solas, solas en el colegio y solas en el barrio. 'Nadie quiere hacerse amiga de la hija del violador', me contó Fátima, la menor, años después. A la madre, el gracioso rumor de los vecinos la bautizó 'la meona', como diciendo que lloraba por las esquinas». Llamo a la hija. Feliz por Tommouhi y ya luchando entre mil papeles para que la Justicia se extienda hasta su padre.

La Justicia verá. Pero mientras tanto está la política. Y en ese ámbito hay que señalar, desde luego. Al frente de la política, en la siempre arrogante competencia catalana, está el señor Salvador Illa, que añade a su irreprochable militancia en el Partido Socialista su exhibida condición cristiana, tres rezos al día. Mis lectores están orgullosos de haberle comprado a Tommouhi la veloz silla de ruedas que conduce por Sant Pere de Riudebitlles, pero ellos y yo pensamos que la caridad revela siempre la desatención de la política. Y no digamos hasta qué punto intolerable cuando un caritativo profesional se dedica a la política. Entre los aliados del señor Illa y en su propio partido hay muchos aficionados a la exigencia de que el Estado pida mil perdones sumisos por lo que algunos de sus servidores hicieron hace décadas o siglos, fuera en América o en el cuartel general de Burgos. De modo que el entrenamiento en semejante abstracción debería facilitarles ahora la ceremonia. Pedir perdón a un hombre. Solo a un hombre. Y tratar de que la ruina a la que le empujaron se mitigue en su familia.

Y luego ya un Padrenuestro.