






















(M�jxico) Consciente soy de que est� sujeto a sospecha lo que pueda decir, top�nimo, un hombre que llama plaza de Calvo Sotelo a la de Francesc Maci� y, aun mejor, General Goded a la avenida Pau Casals. Sospecha infundada, porque me avalan rigurosas razones de lo que llaman memoria hist�rica. Pero no quiero ir ahora por ah� y me basta con decir que debe huirse de los prejuicios y que atiendan. Le reprochan a Isabel D�az Ayuso que escriba M�jico. Se lo reprochan, incluso, algunas personas partidarias de que en castellano se escriba L�rida —honrando a Felipe V— o Gerona —honrando a Gald�s-. Cuando las razones para escribir M�jico, Gerona o L�rida son exactamente las mismas: solo se traduce lo que importa, sean cuales sean las razones de que importe, como llevo diciendo desde que era un beb�.
La presidenta y yo sabemos que el nombre oficial del pa�s americano se escribe con X como sabemos que London es el nombre de la ciudad capital de Inglaterra. A ning�n ingl�s se le ocurre llamar Londres a su London. Y como se saben poderosos, y no est�n cargados de rid�culos complejos de inferioridad, les parece un orgullo que un espa�ol llame Reino Unido a su United Kingdom. A los acomplejados tipo Sheinbaum basta con decirles que M�jico es demasiado importante como para dejarlo en las estrictas manos de los mexicanos. Yo soy un gran partidario del derecho de intervenci�n, y la traducci�n del top�nimo, igual que suced�a en el pasado con la onom�stica, tambi�n puede entenderse como una variante afectuosa de ese derecho. Las recriminaciones que puedo hacer al viaje mejicano de la presidenta madrile�a est�n justamente basadas en el derecho de intervenci�n gen�rico. Sus injerencias malinchiosas son pura decoraci�n ante la injerencia que importa: y es que responda usted, Sheinbaum, sobre el hecho de que en M�jico se mate al d�a cincuenta veces m�s que en Espa�a. La �nica X que conviene despejar.
Ahora bien, la pelotudez propiamente ib�rica siempre puede argumentar que Cervantes nunca vio su Quijote escrito con jota.
(Yo+) Leer con Gepetto o Claudia se ha convertido en un placer a�adido de la inteligencia. Y supone una extensi�n proteica de la operaci�n de leer. Casi todos los libros que me interesan traen frases que no comprendo. La raz�n puede ser la ignorancia, la escasa familiarizaci�n con el vocabulario acotado que emplea el autor o una escritura, traducida o no, deficiente. Cuando les pido explicaciones a uno de esos dos, los resultados suelen ser deslumbrantes y la frase inexpugnable cede al entendimiento. La raz�n probable es que cualquiera de esos dos ha le�do todo lo que el autor de la frase ha escrito. Es decir, est�n familiarizados con su po�tica, su vocabulario y con las referencias cruzadas que pueda tener su obra. Adem�s, lo han le�do en todos los idiomas —salvo en catal�n— y pueden detectar f�cilmente las traiciones al original. Esto debe de ser la lectura profunda que aseguran no puede hacerse con pantallas.
La realidad aumentada es la superposici�n de objetos digitales en el mundo f�sico: la aparici�n en la pantalla del m�vil de datos sobre un monumento o la instalaci�n de un mueble digital en la casa. Pero eso son an�cdotas vistosas de la realidad aumentada que trae la IA. Lo trascendente es el aumento exponencial del yo que comprende. La fusi�n suave y callada del hombre y la m�quina.
(C�sar y todo) La pr�xima visita del Papa de Roma, toma y toma, promete emociones con cuento y no va a ser de las menores el licuado de Salvador Illa cuando reciba su bendici�n, la ascensi�n de Antonio Gaud� a la condici�n de santo y la promesa vaticana de estudiar pr�ximamente su caso, el de Illa. Aunque el gran momento institucional ser�, sin duda, el discurso que el Papa deber� pronunciar el lunes 8 de junio en el Congreso de los Diputados, que Pedro S�nchez ya se ha ofrecido a visar con su acreditada sintaxis, tambi�n moral. Desde la instancia religiosa, pero tambi�n desde la civil, se dice que el Papa se dirigir� a los diputados y senadores como jefe de Estado y no como pastor en Jefe de una confesi�n religiosa en la que se reconocen unos mil trescientos millones de adictos.
Jefe de Estado, insisten.
El jefe de un Estado de cuarenta y cuatro hect�reas, 501 habitantes, sin econom�a propia, sin sociedad civil, sin partidos pol�ticos, sin elecciones, sin oposici�n, sin prensa libre, una teocracia en la que el Teo es elegido por un colegio de cardenales, y donde rige un sistema particular de ciudadan�a, funcional, temporal y revocable —la que tantos espa�oles querr�an para una parte de los espa�oles—, y que se concede exclusivamente a quienes desempe�an cargos dentro del Estado.
Una ficci�n de Estado.
La ficci�n, sin embargo, permite que la Iglesia pueda hacer en el foro lo que no podr�a hacer en el altar: firmar concordatos, sentarse en la Onu o hablar en parlamentos. El Estado es la franquicia diplom�tica de la confesi�n. Dado un parlamento aconfesional como el espa�ol, donde, seg�n encuestas diversas aunque imprecisas, m�s de la mitad de sus miembros no se reconocen como cat�licos, es imperativo que el Papa aparezca como un jefe de Estado convencional. En especial a ojos de los diputados, b�sicamente de izquierdas, que se declaran agn�sticos o, m�s raramente, ateos. En esa pretensi�n se incluye el uso frecuente del nombre, Robert Prevost, antes que del nick Le�n XIV. El disimulo facilita que la palabra pastoral circule fluidamente por las redes civiles. Los obispos citar�n sus palabras como enc�clicas y los gobiernos y los peri�dicos como declaraciones pol�ticas. Tal confusi�n b�gama es rentable y sustancial a la propia organizaci�n de la Iglesia. Y a su tradici�n, por cierto. Muy inc�moda de recordar, porque el Estado del Vaticano fue obra com�n de P�o XI y Benito Mussolini, que firmaron en 1929 los Pactos de Letr�n. Uno y otro se necesitaban: el Papa deb�a volver al mundo y el dictador necesitaba la bendici�n de dios.
La confusi�n puede advertirse en dos hechos de la visita de Le�n XIV. El primero, en el desplazamiento previsto del presidente del Gobierno a la sede de la nunciatura vaticana, donde ser� recibido por el Papa. La nunciatura es la embajada del Estado del Vaticano, y si Le�n XIV solo fuera un jefe de Estado eso supondr�a lo mismo que si Donald Trump recibiera a S�nchez en la embajada de Serrano. Pero la nunciatura es, tambi�n, sede central de gobierno de la iglesia espa�ola, cuya principal delegaci�n es la llamada Conferencia Episcopal. Se observar�n, pues, las dificultades de determinar en calidad de qu� Robert Prevost, alias Le�n XIV, recibe a Pedro S�nchez, que tiene el alias en su mismo nombre. M�s sofisticado, sin embargo, es preguntarse en calidad de qu� acude Pedro S�nchez a la nunciatura, es decir, en calidad de qu� el Gobierno de una democracia aconfesional acude al despacho del consejero delegado (Vicarius Christi) de una multinacional moral. El segundo hecho b�gamo alude al discurso en el Congreso de los Diputados. Su condici�n de jefe de Estado le permite pronunciarlo. Pero, al mismo tiempo, su condici�n de l�der religioso lo blinda de la cr�tica pol�tica. Cualquier diputado que critique el contenido del discurso —pongamos que el Papa respalde el no a la guerra de S�nchez, apoye la regularizaci�n de emigrantes, cargue contra la ley del aborto o reivindique la financiaci�n de la ense�anza concertada— se enfrenta al reproche inmediato de estar atacando al Papa, faltando al respeto a la fe de millones de espa�oles y politizando —�polarizando!— una visita pastoral.
Una ingenier�a diplom�tico-teol�gica casi perfecta. Solo Vox la ha puesto en cuesti�n. Aunque es una l�stima que siempre hablen en nombre del Papa Clemente, alias Gregorio XVII.
(Ganado el 9 de mayo a las 11:40, celebrando que Artur Mas haya dicho en una universidad principesca de Madrid que el proceso independentista no est� muerto y que, en consecuencia, se reavive la oportunidad de que acabe en la c�rcel, que es el lugar donde, aun ahora y como el primer sedicioso que fue, deber�a estar)
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。