Fuera de l�nea
La visita de Estado de Carlos III contrasta con el nulo margen de juego que le han dejado a nuestra Monarqu�a para limar alguna aspereza con Washington

El Rey Felipe VI junto a los Trump en Nueva York, en septiembre de 2025.EFE
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De las muchas consideraciones que sugiere la delicada y trascendente visita de Estado del rey Carlos III a EEUU, ya inevitablemente marcada por el atentado frustrado contra Trump, cabe lamentarse aqu� en Espa�a del nulo margen de juego que le han dejado a nuestra Monarqu�a para limar alguna aspereza en las deterioradas relaciones bilaterales con Washington. M�xime si se tiene en cuenta que hace no tanto, a finales de su primer mandato, el republicano exhibi� su deferencia y consideraci�n hacia Felipe VI en forma de una invitaci�n para que �l y Do�a Letizia protagonizaran una visita al m�ximo nivel, al fin frustrada por la pandemia de coronavirus. Los usos diplom�ticos llevaron a pensar que, toda vez que aquel viaje lleg� a estar anunciado oficialmente, se retomar�a la convocatoria en cuanto los virus lo permitieran. Y, sin embargo, ni la extendi� Biden -nunca se ha explicado del todo bien el poco feeling que el dem�crata tuvo con el Gobierno socialista de S�nchez-, ni se espera de Trump en las actuales circunstancias.
Siente el iracundo mandatario una querencia especial por las Monarqu�as. Tal vez no llegue la cosa a los efectos que provoca el s�ndrome de Stendhal pero desde luego los s�ntomas que evidencia su fascinaci�n se aproximan bastante. No es un caso �nico lo mucho que le gusta sentarse a la mesa con los Windsor, quiz� por sentirse �l mismo rey entre reyes, a saber. Igual sinton�a muestra hacia otras testas coronadas, sin ir m�s lejos acaba de invitar a dormir a la habitaci�n contigua a su alcoba en la Casa Blanca a los monarcas de Holanda. De ah� que produzca todav�a m�s melancol�a que la �nica baza de Espa�a para embridar algo la furia de Trump hacia nuestro pa�s parezca totalmente desactivada.
Como no puede ser de otra manera, la pol�tica exterior en cualquier democracia la dise�a el Gobierno de turno y en Monarqu�as parlamentarias como la nuestra a su titular le corresponde remar a favor de obra. Pero a lo largo de casi toda nuestra democracia ven�a existiendo un sustancial margen de actuaci�n de la Corona que, por as� decirlo, le dejaba campo de juego para proyectar la marca pa�s sin un marcaje tan estrecho como el que viene imponiendo S�nchez desde su llegada al Ejecutivo. M�s a�n. A nadie se le escapa que en todos estos a�os la labor como primer embajador del Rey se ha visto reducida a la m�nima expresi�n, no le gusta al inquilino de Moncloa que nadie le haga sombra por ah� fuera. Y, como dicen Powell y cualquiera que sepa algo de la materia, Felipe VI est� m�s que infrautilizado, cuando el capital de la Corona en pol�tica exterior es extraordinario. Qu� bien nos vino en el reinado de Don Juan Carlos, que ah� estuvieron muchas de sus luces.
No es cosa buena que la imagen de un pa�s en el globo est� totalmente identificada con la del Gobierno del momento. Las monarqu�as en el siglo XXI son extraordinarios agentes de diplomacia blanda. Y as� se comprende que, por ejemplo, cuando peor est�n las cosas entre Trump y Starmer, el primero se vea tan deseoso de extender la alfombra roja al inquilino de Buckingham. Ojal� Zarzuela pudiera construir tambi�n puentes con Washington, que los vamos a necesitar. Pero aqu� se impone sin margen de nada la necesidad de S�nchez, por sus intereses demosc�picos, de antagonizar con la Casa Blanca. Hasta que la cuerda se rompa de tanto estirarla.























