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Y ahora me fumo un m�vil
Arcadi Espad · 2026-05-03 · via Columnistas

(Adictos) Mientras el consumo de tabaco bajaba, el uso del m�vil sub�a. En Am�rica y en 2005 fumaba el 21%. En 2024, el 10%. En 2011 el m�vil se usaba 45 minutos al d�a. En 2019, 3 horas y media. Y luego est� la observaci�n, de uno mismo y de los otros: el antiguo tiempo muerto del tabaco es hoy el tiempo muerto del m�vil. Anna Lembke, una psiquiatra de Stanford, experta en adicciones aunque algo hist�rica, llama al m�vil �la moderna jeringuilla hipod�rmica�. Es vistoso. Pero la evidencia causal sobre los da�os del m�vil es inexistente. Tiene inter�s comparar las evidencias del tabaco con las no evidencias del m�vil. Va un poco de literatura m�dica copiada. Entre el tabaco y el c�ncer la cadena causal est� completa y verificada en cada eslab�n. El humo del tabaco contiene benzopireno, un hidrocarburo carcin�geno que resulta de la combusti�n de materia org�nica. El benzopireno se une al ADN de las c�lulas epiteliales del pulm�n. Esa uni�n produce aductos —da�o molecular previo al tumor— que causan mutaciones espec�ficas y reproducibles en el gen TP53, que es el supresor tumoral principal. Esas mutaciones est�n documentadas, son predecibles y aparecen con una frecuencia que no se puede atribuir al azar. De la inhalaci�n al tumor hay una secuencia molecular continua, verificable en laboratorio, reproducible en modelos animales y confirmada en cohortes humanas de cientos de miles de personas controladas durante d�cadas.

Los estudios longitudinales —desde el primero brit�nico de Doll y Hill, en 1951— siguieron a personas fumadoras y no fumadoras durante cincuenta a�os. No son correlaciones: cuantos m�s cigarrillos, m�s riesgo; cuantos menos, menos. Esa reversibilidad no puede producirla la correlaci�n. Los estudios t�picos sobre el uso del m�vil toman una muestra en un momento dado, miden uso de m�vil y nivel de salud mental y encuentran correlaciones. No saben si los adolescentes deprimidos usan m�s el m�vil porque est�n deprimidos, si est�n deprimidos porque usan el m�vil, o si hay una tercera variable —predisposici�n gen�tica o mal ambiente— que produce tanto la depresi�n como el uso compulsivo. No hay equivalente al benzopireno. No hay mecanismo molecular identificado que vaya del scroll al trastorno de forma continua y verificable. El sue�o insuficiente provoca alteraciones en el estado de �nimo, pero no se sabe si la depresi�n impide dormir y lleva al m�vil o si es el m�vil el que lleva al insomnio y la depresi�n. La hip�tesis de que la vida perfecta de los otros en Instagram produce ansiedad y baja la autoestima es llamativa. Pero tampoco hay evidencia molecular: no se sabe exactamente qu� ocurre en el cerebro en ese momento, ni si es un efecto duradero ni a qui�n afecta y a qui�n no. Es posible que el scroll continuado lleve a una fragmentaci�n de la atenci�n. Desde Nicholas Carr (Superficiales, Taurus, 2011) es un lugar com�n. Pero no se dispone de ning�n estudio que elija cerebros j�venes antes de la exposici�n intensa a la web, los siga durante a�os y mida si la capacidad de lectura profunda se deteriora por el escroleo. Un estudio, por lo dem�s, que parece dificil�simo de hacer. Como tambi�n lo ser�a saber si el m�vil mejora la b�squeda de informaci�n, ampl�a el vocabulario, acelera el aprendizaje autodidacta, reduce el aislamiento o mejora la coordinaci�n cognitiva multitarea.

Los epidemi�logos brit�nicos Richard Doll y Austin Bradford Hill —este �ltimo autoridad cl�sica para distinguir entre causalidad y correlaci�n— necesitaron cincuenta a�os para cerrar el caso del tabaco. La generalizaci�n del iPhone tiene 15. No hay equivalente metodol�gico posible. De modo que la decisi�n de las autoridades brit�nicas de prohibir el tabaco a los nacidos a partir de 2009 tiene fundamento cient�fico, a diferencia de la decisi�n de las autoridades australianas de prohibir el uso de redes sociales a los menores. El tabaco enferma y mata, y parece l�gico que las autoridades tomen medidas. La cohorte boba e integralmente lib�rrima aduce que cualquiera debe tener la libertad de enfermar y matarse, y tiene raz�n. Por lo tanto, deber�an elogiar la actitud del Estado, que con la prohibici�n a�ade a su libertad irrenunciable el formidable atractivo de la clandestinidad.

Sin embargo, la est�ril discusi�n con los lib�rrimos —�la adicci�n elimina la elecci�n�— no debe ocultar el foco real del problema, que es el adicto y el mecanismo de la adicci�n. El tabaco es la m�s adictiva de las sustancias comunes. El 32% de los que prueban desarrollan dependencia, por encima de la hero�na (20-25%) o el cannabis (9%). El factor m�s determinante no es solo la sustancia, sino la velocidad de irrupci�n en el cerebro: el crack es qu�micamente id�ntico a la coca�na en polvo, pero al fumarse llega en segundos al cerebro y es mucho m�s adictivo. Esto significa que el debate sobre la prohibici�n no puede ser gen�rico: cada sustancia tiene su propio perfil de riesgo, y el del tabaco no es menor. El otro factor es el propio individuo: seg�n los estudios que maneja la citada Lembke, la influencia de los factores gen�ticos en la adicci�n llega al 60%. No es peque�a. Mayor es a�n otro porcentaje significativo: en un estudio con 592 usuarios de alto riesgo sometidos a tratamiento, el 75,7% declar� haber sustituido su droga preferida por otra. Tres de cada cuatro. No es un fen�meno marginal. De las dos cifras pueden sacarse consecuencias de inter�s. La primera es que la libertad de consumo no afecta por igual a todos. Para la gran mayor�a de las personas es inofensiva. Para el resto es devastadora. Para el no-adicto, la libertad de consumo no consolida nada porque su sistema dopamin�rgico (el circuito del deseo) tiene frenos suficientes. Para el que tiene predisposici�n gen�tica, la libertad de acceso facilita que la vulnerabilidad latente se convierta en adicci�n activa.

A�n no se sabe qui�n tiene una predisposici�n gen�tica a la adicci�n. Pero s� hay un indicador relativamente eficaz, que es la historia familiar. La medicina preventiva act�a sobre muchas enfermedades. Por ejemplo, el cribado del c�ncer de colon. La pregunta es por qu� no se hace sobre la predisposici�n adictiva. La l�gica ser�a similar: historia familiar de adicci�n, test polig�nico de riesgo, intervenci�n preventiva temprana sobre los individuos en el percentil superior… La predicci�n tendr� margen de error, pero podr�a activar protocolos de educaci�n, seguimiento y reducci�n de exposici�n antes de que el circuito del deseo encuentre su vector. La raz�n de la asimetr�a entre el c�ncer y la adicci�n es, sobre todo, cultural y pol�tica. La adicci�n sigue conceptualizada en muchos sistemas sanitarios como un problema de conducta y voluntad, no como una enfermedad con base biol�gica previa. Eso hace que la prevenci�n se piense en t�rminos de educaci�n general —las campa�as del Di no a las drogas, de ineficacia probada— y no en t�rminos de medicina personalizada sobre la poblaci�n de riesgo.

El farmac�logo Kenneth Blum sostiene que ciertos cerebros tienen un umbral basal de dopamina m�s bajo, una especie de d�ficit cr�nico de satisfacci�n, y que la b�squeda adictiva es el intento de compensar ese d�ficit. En esta hip�tesis el objeto —el tabaco, el alcohol, el juego— es contingente, pero la b�squeda adictiva, no. El adicto gen�tico no est� condenado a una sustancia espec�fica, sino a un patr�n de conducta. Y mientras el d�ficit exista, la b�squeda proseguir�. De modo que si el impulso de b�squeda es estructural, la pol�tica de salud p�blica inteligente no es solo la prohibici�n, sino el dise�o de un entorno en que los vectores del patr�n adictivo sean lo menos destructivos posible. M�s que curar al adicto, tarea hoy imposible, se tratar�a de redirigir su adicci�n. Y es justo aqu� donde la vinculaci�n entre tabaco y m�vil adquiere un nuevo sentido.

El tabaco no tiene beneficios documentados que no sean el alivio tautol�gico de la propia abstinencia del tabaco. Es una satisfacci�n circular y autorreferente: la sustancia crea la necesidad que luego satisface. El m�vil es otra categor�a completamente distinta. Es la biblioteca de Alejandr�a en el bolsillo, la consulta m�dica de guardia, el mapa, el traductor, el banco, la agenda, el tel�fono, la c�mara, el correo y el porno. Ha transformado la capacidad operativa del individuo de una manera sin precedentes en la historia de la tecnolog�a. Esa asimetr�a de beneficios hace que el an�lisis de da�os sea radicalmente distinto. Con el tabaco la ecuaci�n es simple: si el beneficio es nulo, la pol�tica racional es eliminarlo. Con el m�vil la ecuaci�n es irresoluble: da�o incierto y probablemente selectivo en poblaci�n vulnerable, beneficio universal e inmenso.

Dado que la sustancia adictiva es tambi�n una herramienta de gran valor civilizatorio se puede establecer la hip�tesis optimista de que estemos observando la primera sustituci�n exitosa de una adicci�n a gran escala.

Usted ver�, Haidt.


(Ganado el 2 de mayo, a las 13:53, muy desilusionado ante la imposibilidad de escribir sobre el libro que Javier Cercas dedica a la historia de El Pa�s, una nimia pelusilla de ombligo, de su ombligo concreto, pi�nsese)