La mitad de los votantes de Sumar son o bien jubilados o bien profesionales socioculturales.

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Hace unos meses le decía a un colega experto en encuestas que ya no queda ni un obrero en España votando a la izquierda alternativa. Él me respondió que no era cierto: conocía a dos obreros de Izquierda Unida en Huelva. La anécdota ilustra algo que ya es común en Europa y Estados Unidos, pero que la izquierda española sigue sin asumir: hace tiempo que su público dejó de ser el obrero. ¿Quién es su público entonces?
Según el último CIS, partidos como Sumar, Podemos o ERC destacan por concentrar el mayor porcentaje de votantes entre profesionales científicos e intelectuales. En España solo los superan, en este perfil, Bildu y Junts. En el caso de Sumar, aproximadamente la mitad de sus votantes son o bien estos profesionales socioculturales o jubilados, mientras que los obreros -operarios y trabajadores manuales- apenas alcanzan el 10%. En ERC el patrón es muy similar: los obreros tampoco alcanzan uno de cada diez votantes.
En realidad, ese público al que aspiran Gabriel Rufián e Irene Montero vota hoy mayoritariamente a Vox. Vox es el partido con mayor peso de voto obrero: en torno a un 25% de sus apoyos proceden de operarios, operadores y ocupaciones elementales. Si a eso se suma que también lidera entre agricultores y concentra buena parte del voto de militares y policías, el resultado es una base claramente sesgada hacia las clases populares: justo la que históricamente aspiraba a representar la izquierda alternativa.
Vox es, de hecho, el partido que más depende del voto de los trabajadores. Una proporción muy elevada de sus votantes desempeñan ocupaciones manuales o se sitúan en los niveles más bajos del sector servicios -fundamentalmente vendedores-. El contraste con PP y PSOE es notable: en ambos partidos, aproximadamente uno de cada dos votantes no trabaja -jubilados, estudiantes, personas dedicadas al trabajo doméstico o parados-.
En definitiva, seguro que también queda algún obrero en Santa Coloma de Gramenet dispuesto a votar a Rufián, pero su público -cada vez más reducido- no está en las fábricas ni entre los repartidores de comida a domicilio. Tanto por tamaño como por composición, su electorado se parece más a los pocos cientos de personas que llenaron el auditorio de la Universidad Pompeu Fabra el jueves pasado.




























