Ni Trump ni Putin contaban con la capacidad de sus enemigos de reinventarse por vías asimétricas. Con drones de saldo capaces de derribar sofisticados misiles rusos o convertir el Estrecho de Ormuz en un pasaje del terror

Soldados soviéticos celebran la retirada de Afganistán en el año 1989.AP
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A estas alturas, parece claro que Rusia y Estados Unidos se han disparado en el pie con las guerras de Ucrania e Irán. Dos suicidios estratégicos que están pasando factura en bajas militares, pérdidas económicas y hundimiento de la cotización política e internacional de ambos emperadores. Aquejados del síndrome de omnipotencia que caracteriza los hiperliderazgos, los dos diseñaron complejas ofensivas como si fueran paseos militares. Pensando más en el desfile triunfante que en el camino minado que iba a conducir hasta él. Moscú hizo planes para la caída de Kiev en 48 horas. Washington pensó en doblegar el correoso régimen iraní tan rápido como la tiranía tropical de Maduro. Ninguno contaba con la capacidad del enemigo para reinventar la guerra por vías asimétricas. Con drones de saldo capaces de derribar misiles rusos o convertir el Estrecho de Ormuz en un pasaje del terror. Una revolución militar low cost que ha disparado el coste para Rusia y EEUU.
La historia está salpicada de fracasos estratégicos por exceso de confianza. Napoleón entró en España convencido de que bastaba con cambiar al rey. El Imperio británico subestimó a los bóers para descubrir que unos granjeros armados podían humillar a la maquinaria imperial. EEUU creyó en Vietnam que la superioridad aérea podía desincrustar a una guerrilla confundida con la selva. La URSS irrumpió en Afganistán para estabilizar a un régimen aliado y salió escaldada 10 años después...
Con la guerra de Ucrania, Putin intentaba corregir el «agravio histórico» que supuso la caída de la URSS y alejar a la OTAN de territorio ruso. Cuatro años después, ha conseguido justo lo contrario: sumar otro trozo de frontera con la Alianza tras la incorporación de Finlandia.
EEUU cayó en un espejismo parecido con Irán. Pensó que bastaba con asfixiar económicamente a un gobierno hostil para provocar una implosión interna, una idea recurrente en su política exterior. Pero la Cuba revolucionaria sobrevivió (casi siete décadas que solo ahora se tambalean). Corea del Norte tampoco cedió. Y hoy los ayatolás resisten, y hasta pueden salir reforzados con Ormuz convertido en arma de destrucción masiva.
Al final, la Rusia heredera del Ejército Rojo que tomó Berlín ha tenido que proteger el Desfile de la Victoria de los drones artesanales de Kiev. Y Washington ha visto cómo milicias y actores regionales amenazan rutas estratégicas con herramientas relativamente rudimentarias. Y en medio del caos, China rentabiliza las torpezas rusa y estadounidense en la estela de Kissinger, que en los 70 explotó la rivalidad chino-soviética para fortalecer a EEUU.






















