Bajad las armas
El evangelio no es otra cosa que la historia de la mayor amistad jam�s contada. La de aquel que da su vida por sus amigos

'Los peregrinos de Ema�s', de RembrandtE.M.
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Dos amigos que hab�an peregrinado a Jerusal�n para la Pascua caminan de vuelta a su pueblo discutiendo acaloradamente. Saliendo de la nada un tercer hombre se les une y les pregunta el motivo de su disputa. Los otros se sorprenden. �Eres el �nico en toda la regi�n que no se ha enterado? Lo de aquel profeta, poderoso en obras y palabras. Muchos dec�an que era el mes�as, pero ya han pasado tres d�as desde que lo crucificaron.
Lucas grad�a el suspense con la maestr�a narrativa que le es propia. La anagn�risis o reconocimiento no se producir� hasta el final. Y en realidad es lo de menos. Como en todas las historias lo importante es el viaje, el recorrido interior que no se explicita mientras los peregrinos completan los once kil�metros que los separan de Ema�s. Van escuchando los argumentos del desconocido, sienten "arder su coraz�n" y empiezan a temer el final de la jornada. Cae la tarde y los dos oyentes suplican al narrador que se quede a cenar con ellos. La s�plica ser� atendida y sus vidas cambiar�n para siempre.
El episodio, quiz� el m�s hermoso del Nuevo Testamento, aporta un testimonio de la Resurrecci�n pero funciona tambi�n como una alegor�a del poder de la palabra y del arte de la amistad, que nace de la conversaci�n, de la literatura oral. La escena contiene todos los elementos que definen "el menos biol�gico de los amores", seg�n C.S. Lewis: la atm�sfera propicia, el horizonte compartido, el reconocimiento rec�proco, la ausencia de expectativas interesadas, el deseo de incondicionalidad. Un amigo no es solo alguien que te escucha: es alguien que te entiende antes de escucharte. Preexiste, vive en sincron�a contigo. Eso es lo que experimentaron los disc�pulos de Ema�s al toparse con Jes�s regresando de Jerusal�n. Y de eso trata el libro de dos amigos, Jacobo Bergareche y Mariano Sigman, titulado precisamente Amistad. Un ensayo compartido. Conoci�ndolos podr�a aventurarse que se repartieron los papeles: Jacobo el coraz�n y Mariano la cabeza. Pero el libro prueba la tesis desde su misma confecci�n, desde su elaboraci�n a cuatro manos inextricables. Y desde la h�bil coreograf�a de setenta y cinco entrevistados que prestan su testimonio para intentar explicar lo que solo saben experimentar.
Es un ensayo filos�fico, porque persigue patrones universales en la experiencia de los hablante. Pero no es un ensayo cient�fico, porque individualiza la experiencia siguiendo a Montaigne, que no sab�a hablar de la amistad en abstracto sino de su amistad concreta con La Bo�tie: "porque era �l, porque era yo". La amistad es un yo que se declina en un t�, una extensi�n nueva de nosotros mismos habilitada por el m�gico contacto con el otro. La fe no es un fen�meno muy diferente.
La escena de Ema�s cautivaba a Rembrandt. Volvi� a ella una y otra vez, y extrajo al menos dos obras maestras. Una de juventud, formalista, que lleva al paroxismo el claroscuro de Caravaggio y la perspectiva aberrada con el prop�sito de subvertir la composici�n tradicional. Y otra de madurez, que es la m�s interesante. La m�s profunda.
Cuando pinta Los peregrinos de Ema�s, la vida de Rembrandt se ha torcido definitivamente. Su primera esposa ha muerto de tuberculosis, su segunda compa�era ha sido excomulgada y no pueden casarse, su prestigio se hunde, la ruina le obliga a empe�ar sus bienes. Macerado por la soledad, anhelante de la piadosa atenci�n que el mundo le niega, Rembrandt suelta la mano. No perder� dominio t�cnico, pero su pintura se vuelve m�s espiritual. En el Resucitado que se delata al fin partiendo el pan pinta el rostro que le falta: el del amigo que comprende y perdona. En el lienzo la luz es el mensaje y toma cuerpo de epifan�a, de compa�erismo revelado, porque compa�ero significa etimol�gicamente "el que comparte el pan". La cena de Ema�s del domingo replica as� la �ltima Cena del jueves: es la segunda misa de la historia, ritualiza ya la acci�n de gracias por la pureza de una relaci�n que da sin esperar recibir. Por eso los dos de Ema�s se nos antojan m�s aut�nticos que los Doce: porque est�n libres incluso de la vanidad de pertenecer al grupo originario. Lucas solo da nombre a uno: Cleof�s. El otro podr�amos ser cualquiera.
El evangelio no es otra cosa que la historia de la mayor amistad jam�s contada. La de aquel que da su vida por sus amigos. Feliz Pascua.

















