Los nuevos católicos enseñan sus pías compras y a vestir «con modestia». Sin rosarios en los ovarios, el aborto en la Constitución se convierte en monumento al fracaso de la educación.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la aún vicepresidenta María Jesús Montero en el Congreso de los Diputados.
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FE DE RATA
La discoteca más concurrida de Nueva York, dicen algunos periódicos, es una iglesia católica. Los jovencitos se arremolinan y replican lo que el católico español ya ha vivido en las misas de la playa, los niños y las niñas junto a las motos, fisgoneando con la mirada entre los bancos del fondo. En un grupo que ya filtra ubicación y, con probabilidad, renta, se busca al par.
La inflación de la religión obliga a componer oraciones nunca antes escritas: en internet, una veinteañera vasca que se acaba de bautizar hace un haul de rosarios. Los muestra a la cámara y explica cómo han acabado en sus manos: uno lo compró en un viaje a Roma y se lo regaló a (brillo en los ojos) su ya fallecida abuela; otro se lo ha entregado su vecina nonagenaria; el tercero lo adquirió ella misma en Amazon. "¡Comenta la palabra 'rosario' para que te mande el link por privado!". La recién iluminada instruye a sus seguidoras para vestir "de forma modesta". Fuera escotes y minifaldas. De esa forma, explica, honrarán a Dios.
La rigidez del nuevo converso supone un asunto graciosísimo para quien se ha criado en un colegio con oratorio al que los niños, todos de la manita, se encaminaban en fila mientras se desgañitaban con un "cantando vienen con alegría, Señor". Allí las preadolescentes que descubrían que los lacitos en el pelo les empezaban a sobrar se remangaban la falda hasta que medio muslo les quedaba al aire.
Un católico de nueva ola es buena noticia, sobre todas las cosas, para sí mismo, que ha encontrado un manual de instrucciones que si cumple le permitirá reposar su alma en paz. Por estudiarlo con el fervor de la epifanía, se le calcifica en la cocorota y a menudo no logra que, líquido, le recorra las arterias. Como los nuevos ricos, se afanan en justificar la venganza sobre su pasado. Hacen lo opuesta al católico que ha asimilado el fundamento de su fe: se convierten en detectives del pecado ajeno.
Como vacuna monodosis, Una chica es una cosa a medio hacer, de Eimear McBride.
ABORTO
Único consenso sobre el aborto: nadie desea que una mujer se revuelva las entrañas con una percha. El conflicto es previo. Tales circunstancias deben engranarse para que una mujer quede embarazada que plantarse en la situación sin desearlo es, en la mayoría de los casos, una extraordinaria pirueta de irresponsabilidad. Se trata de uno de los mayores fallos educativos: el sexo se entiende como derecho natural extirpado de sus naturalísimas consecuencias.
Así se llenan los banquillos del Tribunal Supremo de donjuanes de melenita rala. Continúa en fase experimental un anticonceptivo masculino en formato gel. Se aplica en los omóplatos y la producción de espermatozoides se paraliza. Y el PSOE a punto de construir un monumento al fracaso del progreso con papel maché de la Constitución.
En microdosis, Tienes que mirar, de Anna Starobinets.





















