Bajad las armas
La paradoja de los nacidos en democracia consiste en la dificultad para que la democracia nazca en ellos

Cole Thomas Allen, autor del atentado contra Trump.Europa Press
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Un dem�crata no es alguien que vota cada cuatro a�os en la esperanza de que los suyos lleguen al poder. Un dem�crata es alguien que prefiere que manden los otros antes que tolerar que los suyos lleguen al poder haciendo trampas. Y por trampas cabe entender el pucherazo electoral, la demagogia desorejada o la violencia pol�tica.
Esta definici�n, por lo dem�s exacta, reduce sin contemplaciones el n�mero de dem�cratas realmente existente en las democracias reconocidas como tales. Pero esta reducci�n dr�stica solo deber�a sorprender a cuantos ignoran todav�a que la democracia no era el destino hist�rico de la especie sino su afanosa alternativa: el sofisticado producto de unas �lites morales capaces de concertarse para sumar a los dem�s a la incierta aventura de renegar del mono violento que nos constituye. La democracia nos propone una ardua elevaci�n sobre nuestro estado de naturaleza a cambio precisamente de la abolici�n de la violencia.
La moral democr�tica es una convicci�n gradual, nacida de la memoria tr�gica de los pueblos. Si esa memoria no se renueva, deja de garantizar la producci�n de dem�cratas. Porque la democracia es un r�gimen antinatural que impugna los instintos del sapiens. Por eso la renuncia al poder de los nuestros, si as� lo quiere la mayor�a de una comunidad heterog�nea de convivientes, no engendra una satisfacci�n inmediata sino como mucho un orgullo aprendido. Una dignidad razonada: �Mejor esto que la ley del m�s fuerte�.
Pero la cabra tira al monte y el mono a la selva, aunque disfrazar� la querencia de idealismo: matar� por la igualdad, la libertad, la identidad. Ese disfraz dificulta la condena, pero m�s la dificulta el apetito inconfesable de entregarse a la llamada de la tribu. Violencia pol�tica es lo que ha hecho posible no solo que Bildu sea hoy la primera fuerza en Euskadi, di�spora mediante, sino que los vascos gocen de un privilegio fiscal predemocr�tico impuesto con la elocuencia del plomo en el instante decisivo de la negociaci�n constituyente. Violencia pol�tica es dejar de practicarla y recibir por ese cese puramente operativo la credencial de dem�cratas plenos que expende el progresismo, que a su vez se la niega a los votantes de la derecha nacionalista espa�ola. Violencia pol�tica es la del tercer tarado en dos a�os que cree que matar a Trump mejorar�a la democracia en vez de destruirla.
La paradoja de los nacidos en democracia consiste en la dificultad para que la democracia nazca en ellos.

























