El partido de Abascal vive únicamente de las expectativas, lastrado por su oscurantismo económico y la falta de autocrítica. Pensaron que el éxito consistía en ser como Trump, cuando es ser como Bardella

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La agonía del Psoe, la parálisis bobalicona de sus socios de Gobierno y la espera de un PP que se parece cada vez más al sudario de Penélope con el que quiere cubrir a Sánchez difuminan la realidad de Vox: un partido que empieza a dar señales de agotamiento. Su porcentaje de votos recogido en las encuestas es optimista para una fuerza opositora, pero nunca para un asalto al poder, como sí se detecta en partidos similares en el extranjero. La explicación está en sus errores estratégicos, la falta de ambición y la ausencia de autocrítica. Si Vox no es visto como un fracaso es sencillamente porque está rodeado de fracasados.
¿Libera esto a España de la presión de la derecha populista? En absoluto. Esta puede ganar aquí pero si lo hace, será con otras siglas, con un líder joven y consciente de que la próxima crisis no vendrá de una guerra cultural, sino del conflicto intergeneracional. Vox vive únicamente de las expectativas, lastrado por su oscurantismo económico y la falta de imaginación. El discurso ultra de los años 30 se fundamentará en las particularidades de cada país y el cabreo juvenil, no en una alianza global contra la izquierda. Mientras tanto los de Abascal miran a Estados Unidos como referente -algo que también hacen los progresistas-, cuando el futuro del populismo tiene un escenario mucho más prometedor: Francia.
La derecha nacionalista del mañana es la de Jordan Bardella, incluso por encima de Meloni. El presidente de Agrupación Nacional tiene 30 años y orígenes extranjeros, es prófugo de la universidad y cuenta con 2,3 millones de seguidores en TikTok. Gusta porque parece real y no alguien casposo y diseñado por la IA de un spin doctor elitista. Beneficiado por el traspié judicial de Marine Le Pen, este político puede hacer que la extrema derecha sea pronto hegemónica en el segundo país más grande del euro.
Al contrario que Abascal, Bardella supo leer muy bien que la unión con Donald Trump era artificiosa y no le daba ningún rédito. ¿Cómo entonces pudieron pensar en Vox que les iba a beneficiar la loa a un tipo que imponía aranceles a sus agricultores y empresarios? Ni abrieron la boca. Bardella supo que para su electorado es mejor ser antes francés que facha. Por eso abandonó indignado la fiesta trumpista del año pasado cuando Steve Bannon hizo el saludo nazi, condenó la guerra comercial contra Europa y defendió ante Trump una Francia no alineada. Abascal no tuvo ese coraje ni tampoco esa visión.
Trump y Bardella -que podrían ser abuelo y nieto- ascendieron al poder de sus maquinarias por caminos opuestos. El americano radicalizó un partido tradicional, mientras que el francés modera un movimiento ultra nacido en la marginalidad. Como cuenta el periodista Henri Astier, su gran activo político es seducir a los jóvenes con ingresos, un segmento de población antes inaccesible para Le Pen. Es decir, el partido se ensancha más allá del voto obrero y de la clase media decepcionada con la globalización.
Bardella crea una marca nacional, mientras que Vox no pasa de ser una franquicia de hamburgueserías.



















