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Despu�s de Rajoy
Joaquín Mans · 2026-04-26 · via Columnistas

La sombra del burro

Despu�s de Rajoy

Actualizado

EL CUAJO es una caracter�stica del signo de los tiempos: esa forma de degradaci�n democr�tica que consiste en ejercer el liderazgo con desfachatez, cinismo y descaro. No es una novedad del todo en nuestra cultura pol�tica. Hay que tenerlo, como lo tiene Pedro S�nchez, para plantarse en Televisi�n Espa�ola ante el estallido de la corrupci�n que embadurna al Gobierno, soltar que ��balos era un gran desconocido� y quedarse tan ancho.


No le falta tampoco a Mariano Rajoy. Hay que valer para sentarse delante de un tribunal, como hizo el jueves, a interpretar al Don Tancredo socarr�n que nunca se entera de nada en el juicio que se celebra contra su ministro del Interior, su secretario de Estado de Seguridad y toda su c�pula de la Polic�a por violentar los derechos de un ciudadano que guardaba las pruebas de la caja B que pod�an desalojarle del poder. El ex presidente compareci� como un personaje amortizado, casi literario, blindado por su propia indolencia.


Elisa de la Nuez se lamentaba el mi�rcoles aqu� de que �las J�sicas, los Koldos, los Aldamas, los Villarejos, los �balos, los Fern�ndez D�az de turno no son excepciones ni manzanas podridas�, sino el reflejo de una corrupci�n pol�tica estructural en Espa�a. Hay antecedentes claros en aquel PP de la insoportable patrimonializaci�n de lo p�blico y la ausencia de una m�nima rendici�n de cuentas que S�nchez ha elevado al paroxismo. En una democracia sana, el gobernante responde por el ecosistema de poder que crea, tolera y aprovecha. En pleno momento populista, bajo una fuerte crisis de legitimidad democr�tica, el marianismo dej� un PP exhausto por la gesti�n cicatera de los casos de corrupci�n y dividido sociol�gicamente por la aparici�n de Ciudadanos y Vox ante su incapacidad para enhebrar un proyecto reformista cre�ble y la incuria con la que afront� el desaf�o independentista de Catalu�a. Ocho a�os de sanchismo le han seguido.


En el instante decisivo de la ca�da de su Gobierno, Rajoy renunci� incluso a ordenar una salida pol�ticamente digna y entreg� el poder a la coalici�n destituyente de S�nchez bajo una imagen de descomposici�n que todav�a hoy funciona como s�mbolo. Aquel bolso. �Ha sido un honor ser presidente del Gobierno y dejar una Espa�a mejor que la que encontr�, dijo, en segura referencia a la superaci�n de la ruina que leg� Zapatero. Y a�adi�: �Ojal� mi sustituto pueda decir lo mismo en su d�a�, ajeno a la deriva de desvertebraci�n nacional que se avecinaba.


Ninguna de las promesas de regeneraci�n que el poder emergente formul� aquel d�a se han cumplido porque nacieron como una impostura. La corrupci�n nunca fue el motivo de la moci�n de censura, sino la coartada de un proyecto pol�tico que desencuaderna las instituciones del Estado y redefine la idea de Espa�a y su lugar en el mundo para acomodarlas a la continuidad personal del presidente. El mosaico de sus esc�ndalos, de su esposa a su hermano, de sus dos secretarios de Organizaci�n al fiscal general, es el reflejo de ese mismo sentido patrimonial del poder.


Y as� hemos pasado de la corrupci�n vergonzante a la impunidad desacomplejada. El esc�ndalo ya no desgasta necesariamente; moviliza, porque se integra en una l�gica de polarizaci�n, victimismo y desaf�o al Estado. La rendici�n de cuentas no se elude en silencio; se combate como si fuera una maniobra de desestabilizaci�n.


Todo este paisaje estaba ya en aquel bochornoso Comit� Federal del PSOE en 2016: las im�genes esclarecedoras publicadas esta semana por The Objective tienen el valor de que nos permiten observarlas con toda la informaci�n acumulada durante una d�cada. Ah� est� la manera de entender el poder de S�nchez, su inclinaci�n imperturbable a la trampa, su desprecio a la discrepancia y su ambici�n de dome�ar el Partido Socialista para transformarlo en una maquinaria subordinada al culto personal del l�der. Mientras cunde la incredulidad y la desesperaci�n entre el resto, a �l no se le mueve ni un pelo, impasible hacia los hechos consumados: el primero de la fila para votar en la urna tras la mampara.


La concepci�n burocr�tica de la pol�tica de Rajoy le impidi� entender que la respuesta a la erosi�n institucional de Espa�a no pod�a limitarse a la gesti�n, por sensata que fuese. La lecci�n para Alberto N��ez Feij�o es que no le bastar� con oponerse a S�nchez en la corrupci�n ni esperar a que caiga; tendr� que ofrecer una idea c�vica de Espa�a y una concepci�n del poder que no sea meramente reactiva: construir un proyecto aut�nomo de valores que recoja una ambici�n de cambio real y que no deje al PP y lo que representa otra vez moralmente desarmado, tampoco ante Vox. No basta con asumir que el eje pol�tico se ha desplazado hacia la derecha y acomodarse a �l sin m�s. La �prioridad nacional� es la trampa: lo aleja del espacio de las grandes mayor�as y le obliga a discutir en el terreno identitario que m�s conviene a Abascal para debilitar la alternativa y que mejor permite a S�nchez disfrazarse de conciencia moral. Como en 2023.