Asuntos internos
El mundo ideal de mi madre estaba constituido por personas que supieran mucho, que conocieran el mundo, y que no faltaran al respeto a nadie

Jacqueline Kennedy Onassis, en torno a 1970, en Nueva York.Getty Images
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En casa, la buena educaci�n y el respeto estaban situados junto a la imagen del Coraz�n de Jes�s que presid�a el recibidor. Casi de igual a igual. Los tres merec�an adoraci�n. La buena educaci�n y el respeto eran fundamentos incuestionables. A nadie se le hubiera ocurrido ponerlos en duda. Como a nadie se le hubiera ocurrido poner en cuesti�n la devoci�n al Coraz�n de Jes�s y, sobre todo, no tener cuidado cuando hab�a que limpiarle el polvo. Mucho cuidado con la imagen, que casi le rompes el dedo la �ltima vez que pasaste la bayeta.
La mala educaci�n y la falta de respeto eran sin�nimo de personas que no merec�an la pena. El mundo ideal de mi madre estaba constituido por personas que supieran mucho, que conocieran el mundo, y que no faltaran al respeto a nadie. Bueno. Y por mujeres que fueran vestidas como Jacqueline Kennedy, que era su modelo de elegancia. O como la Princesa Sof�a de Grecia, que era su segundo modelo de elegancia.
Ni mi padre ni mi madre hab�an ido a la escuela m�s que el tiempo suficiente para aprender a leer y escribir, y con muchas faltas. Hasta la edad en la que los ni�os y las ni�as se ten�an que poner a trabajar para labrar el campo y atender las necesidades de casa. Era as�. Nadie pensaba que pudiera ser de otra manera.
Sin cuestionar el orden general de la vida ni la presencia del Coraz�n de Jes�s de yeso policromado, sentado en su trono, de alguna manera en aquella casa flotaba la idea de que la buena educaci�n y el respeto eran cualidades del progreso. Avances de la civilizaci�n, en un entorno aislado, lejos del mundo urbano, duro y primitivo. En mi memoria, recuerdo que las personas con carrera universitaria eran m�s alabadas y admiradas en casa que las personas que ten�an mucho dinero. El ejemplo para los ni�os no era el t�o rico de Am�rica, era el secretario del Ayuntamiento, que escrib�a bien, sab�a de leyes y era elegante. Para mi madre, las tres cosas eran una. Los que estudiaban una carrera ten�an buena educaci�n, eran respetuosos y por tanto elegantes.
Perd� la imagen del Coraz�n de Jes�s, qui�n sabe d�nde acabar�a. Pero nunca he podido desprenderme de aquellos ideales de la buena educaci�n y el respeto, como sin�nimos de progreso y avance. Me pregunto qu� pensar�a mi madre de un mundo en el que la mala educaci�n y la falta de respeto avanzan de forma imparable. Y me sorprendo a m� misma defendiendo aquellos mismos valores de cuando las casas no ten�an agua corriente.

























