Lucharon contra la ley. Y la ley venció

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, durante un acto este lunes.EFE
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Antes de que la estirpe socialdemócrata representada por Madina fuera extinguida en las primarias que ganó Sánchez -hoy sabemos que dopado con financiación húmeda-, Rubalcaba dejó dicha una frase que hoy resuena como una advertencia bíblica: "El que le echa un pulso al Estado lo pierde". La pronunció en un contexto distinto al de la corrupción: el de la lucha contra el terrorismo. Pero el desenlace, por fortuna, es el mismo. Porque una democracia en la que ese pulso no lo gana el Estado deja automáticamente de ser una democracia.
Por eso hoy es un día de celebración para todos los demócratas. Que los sanchistas hayan dejado serlo -no de otro modo se explica que se escandalicen de que el Supremo premie la colaboración- es comprensible: son ellos los que echaron el pulso. La sentencia dictada por los penalistas más prestigiosos del país envía un mensaje unánime a todos los implicados en este psicodrama terminal llamado sanchismo, a todos esos (empezando por el Número Uno) que llegaron a creer que podrían hacer con las instituciones españolas lo mismo que Ábalos con el parador de Teruel: "No solo vais a perder. Vais a perder de forma ejemplar". Si la celda de Soto no acaba siendo la última morada que ocupe el Número Dos de Pedro en esta vida será solo porque también la justicia humana contempla la misericordia final.
No se condena a un putero que robaba para financiar sus vicios. Se condena al portavoz de la moción de censura que puso a una banda en el poder con el pretexto de regenerar la democracia. Esa banda se creyó y se sigue creyendo impune, y la prueba es el estupor y la cólera con que reacciona a lo obvio: el Estado se defiende de sus enemigos. La prueba es también la pésima estrategia de defensa que siguieron Ábalos y Koldo, negándolo todo hasta el última día como si estuvieran en el plató de Risto y no en el tribunal de Marchena. Esto ya no va de relato, muchachos: va de vuestro pellejo.
Naturalmente que Julito, Santos y Leire harán bien en tomar nota de la persuasiva generosidad mostrada con Aldama. Es su pellejo o el de Zapatero y Sánchez. El Estado italiano solo pudo defenderse de la mafia de Riina y de la corrupción de Craxi incentivando la figura de los pentiti: los arrepentidos. Lo cual coloca a Puente o a Rufián en la desairada posición de los defensores de la omertá. No soy yo el que los llama mafiosos: son ellos los que adoptan ese papel despreciando a los que se abren a contar lo que saben.
Lucharon contra la ley. Y la ley venció.




















