La economía explica en gran parte por qué no se volvió al satélite terrestre, y también por qué EEUU, China y Rusia se han vuelto a interesar ahora

La Tierra vista desde la órbita lunar por el astronauta William Anders, el 24 de diciembre de 1968.
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Tras varios años de sólida financiación por parte del Gobierno de Lyndon B. Johnson, que también duplicó en su mandato los fondos para combatir la pobreza y finalmente se hundiría por la guerra de Vietnam, la NASA envió una nave tripulada a la Luna en diciembre de 1968, en una misión -Apollo 8- muy similar a la Artemis II que se desarrolla estos días. Siete meses después, Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisaron el satélite terrestre, lo que acabaría dando lugar a la primera gran teoría de la conspiración de nuestro tiempo, y una de las más extendidas.
La creencia de que en ese tiempo no era posible alcanzar la Luna y EEUU orquestó un montaje en un estudio de cine fue propuesta por primera vez por Bill Kaysing, quien aseguraba haber tenido acceso a documentos de la NASA que demostraban el fraude. El bulo, claramente refutado por la ciencia, ha sobrevivido y goza de popularidad: en Europa, una de cada cuatro personas duda del aterrizaje lunar, según una encuesta del proyecto Tresca realizada en 2021.
El éxito -si se puede llamar así- de toda teoría de la conspiración se debe a que suma elementos de cierta credibilidad con una conclusión seductora que simplifica la realidad y la vuelve más digerible. En este caso, es cierto que las misiones Apollo tenían una complejidad técnica casi inasumible, y estuvieron a punto de fracasar varias veces. Por ejemplo: si la maniobra de aterrizaje de Armstrong y Aldrin hubiese durado unos segundos más, se habrían quedado sin combustible y no habrían podido volver.
También es verdad que muchos de los sueños de los años 60, no sólo la exploración espacial, se toparon en los 70 con la inflación y la crisis del petróleo, y la «gran sociedad» que prometió Johnson dio paso al pesimismo generalizado del «shock de Nixon». La economía explica en gran parte por qué no se volvió a la Luna, y también por qué EEUU, China y Rusia se han interesado ahora por sus recursos minerales.
Frente a otros grandes acontecimientos históricos, desde la Revolución Francesa hasta la caída del Muro, no se percibe que la llegada a la Luna cambiara el curso de la historia. Casi 60 años después, aún intentamos volver a donde lo dejamos: a aquel verano del festival de Woodstock, los derechos civiles y los grandes saltos para la humanidad.
Quizá no sea tan raro que alguien piense que nos engañaron. Pero fue real.






















