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El enemigo, en la faja; las joyas de Zapatero, en la caja
Charo Lagare · 2026-05-26 · via Columnistas

Actualizado

Un mes antes de su pedida de mano, una amiga sevillana coment� frente a su futura familia pol�tica que solo con oler de lejos un plato de callos se le pon�a el est�mago del rev�s. El d�a previo a la reuni�n familiar, dispuestos todos a presenciar la promesa de amor eterno entre los tortolitos, su suegra gaditana le plant� en la mesa una monta�a de tripas de cerdo. Se fue a casa con los labios hidrataditos de grasa, mac mac, y en cuanto abri� la puerta, vomit� sobre la tapa del retrete.

Pero la suegra andaluza tradicional, la que en la boda se encasqueta la mantilla, tiende a la generosidad. Es lista, previsora. El enemigo, en la faja. Las mujeres de algunos maestrantes, por ejemplo, regalan a sus nueras diamantes de cinco cifras por si al ni�o se le va la manita con las inversiones y acaban, como en una novela de Gald�s, teniendo que empe�ar las botas de montar. A la de Zapatero le debi� de nacer alg�n antepasado en el Bajo Guadalquivir. Heraclio Besada, de Gemacyt, r�e. Claro que hay familias ricas en Espa�a, pero "hombre, �de d�nde vienen �l y Sonsoles?". Aunque las fotograf�as y la ausencia de detalles complican el juicio, al gem�logo le maravilla un collar cuajado de diamantes con dos, en apariencia, zafiros de talla pera. Si son aut�nticos, "costar�an tela".

Si, adem�s, no han sufrido ning�n tratamiento mec�nico para embellecer la gema, si el azul homog�neo que observa Pilar Lobato, fundadora de Joyas Antiguas Sardinero y experta en gemolog�a, es en efecto el propio de una piedra natural, la familia pol�tica del ex presidente del gobierno, a la que algunas fuentes se�alan como el origen del lote de joyas, puede felizmente autoproclamarse encarnaci�n intelectual de Isabel de Farnesio, agud�sima casamentera, y por su fin�sima discreci�n hasta la fecha, hom�logas ib�ricas de las gemelas Olsen, emperatrices del lujo silencioso. Si la caja fuerte alojaba alta joyer�a, en la etiqueta, apuntan los expertos, hasta seis ceros se podr�an poner en fila.

Por las manos de David Dur�n, director de Dur�n Arte y Subastas, han pasado piezas parecidas a las que muestran las fotograf�as. Hace m�s de una d�cada vendi� un collar similar a una clienta en cuya agenda inmediata aparec�a una cena de gala tras un safari en Tanzania. Son dise�os, aclara, contempor�neos, ideados en los �ltimos 30 a�os, tal vez para el gusto de Oriente Pr�ximo, alhajas propias de alfombras rojas y grandes celebraciones. Salvo los relojes de gama media y una peque�a colecci�n que se intuye de oro amarillo, "no se las pondr�a uno para ir a hacer la compra o sacar al perro".

�Y una cantante de �pera? �Y una cantante l�rica casada con el ex presidente espa�ol que protagoniz� una conjunci�n planetaria de progresismo? �Y si la antigua inquilina de la Moncloa conservaba urraquilmente piezas que se idearon para el escenario, souvenirs de su estrellato? �Y si, como las perlas del tama�o de una bola de pimp�n con las que cantaba en los 2000, las gemas son de mentirijilla? Al fin tendr�a algo en com�n con Maria Callas: en sus actuaciones, explica Dur�n, la griega solo luc�a r�plicas creadas por el joyero Marangoni.

Hace unas semanas, en una antigua abad�a a las afueras de Par�s, se present� la colecci�n de alta joyer�a de una casa francesa. Una clienta se decant� por un collar de diamantes del que colgaba una esmeralda descomunal de talla coraz�n. Lo combin� aquella noche con una tiara de brillantes, un bolso min�sculo con un logo enorme y un vestido de tul y lentejuelas rosas. Con su pintalabios coral ya infiltrado por las arruguitas de los labios, pizpireta y alegre, encarnaba una verdad resumida por Gay Talese: "La gente se arregla para los funerales. �Por qu� no deber�a hacerlo para celebrar que estoy vivo?".

Compartir la belleza constituye un imperativo casi moral. En particular, si nos alcanza a trav�s del amor familiar, el m�s valioso bien del que puede gozar el hombre. La discreci�n, en cualquier caso, nunca sobra. Est� la cosa muy mala. Si es que ya no le hace falta a un espa�ol salir a la calle para que lo desvalijen.