Cada día tenemos más claro que el mundo ya no necesita a un macho agresivo que lo proteja sino a personas firmes, luchadoras, inteligentes, negociadoras.

Imagen de la Luna desde la misión de la NASA.EFE
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Hay algo ridículo en los escándalos que elegimos, en esa indignación unánime y telediaria que ha recorrido España estos días ante el insulto «musulmán el que no bote». Por supuesto que es absolutamente asqueroso ese canto a la xenofobia, pero parece que olvidamos de dónde procede: del templo del insulto, donde cada domingo los niños endurecen sus tiernos oídos con el inventario más soez, árbitro hijo de puta, me cago en tus muertos, vete al infierno, maricón de mierda. De un lugar donde se construye la identidad de forma excluyente, a partir del odio al contrario, igualito que hace la xenofobia.
No, la justicia para que sea justa ha de ser estable (no puede uno salvar al pueblo de un dictador un día, al siguiente impedir armas nucleares, al siguiente querer quedarte con su petróleo). No, la justicia para que sea justa ha de ser proporcional (disculpe que le moleste, Israel, mientras extermina pueblos y mata a niños, pero me ha parecido absolutamente intolerable que prohíba la misa del Domingo de Ramos en la Iglesia del Santo Sepulcro).
No, el sentido común, para que sea común, debe inculcarse desde la infancia donde ya en la guardería nos enseñan que insulto=caca, lección que por lo visto olvidamos, aunque sigamos repitiéndola a los niños.
Dejemos de poner el foco allí donde señala el dedo, a otra religión, y sigamos al dueño de ese dedo. A esas personas (hombres en su mayoría) que van al trabajo, en qué puedo ayudarle, que van al bar, gracias por el café, que luego acuden puntuales al estadio a insultar, abriendo un paréntesis que llaman catarsis pero que podríamos llamar propagación de las llamas de la violencia.
Imagínense por un momento que en un partido de tenis retumbara el grito: «¿Out? ¡vas y me comes los huevos, jueza de silla!» Imagínense si en otros ámbitos de la vida nos comportáramos así. Si en la oficina, nos subiéramos a la mesa: «¡Los de Producción vamos a entregar el informe antes que esas nenazas de Finanzas!» Y el resto aporreara las mesas, ey, ey, ey. Si al camarero que tarda en servir, le gritáramos: «¡Paquete, pero menudo fichaje de mierda has hecho, Pepe!» Si en la cola del supermercado, apremiáramos: «Más rápido por la banda, ¡pero qué mala eres, si no sabes correr para que compras!» Si en Urgencias, protestáramos: «¡Se ha tirado, ese cabrón está fingiendo, que lo expulsen!» Si en el Congreso de los Diputados... eh... no, en el congreso, no hace falta imaginar nada.
Cada día tenemos más claro que la violencia no sirve, que solo crea más odio, más energúmenos, más terroristas. Que el mundo ya no necesita a un macho agresivo que lo proteja (cada vez lo pone más en peligro) sino a personas firmes, luchadoras, inteligentes, negociadoras. Y sin embargo no nos descabalgamos de esa inercia.
Estos días, los astronautas miraban la Tierra desde lejos. Decían que se veía como un solo pueblo. Y es que a veces solo hace falta tomar distancia. Ojalá ese bote que corean en los estadios los expulsara tan alto como para llegar hasta la Luna para tener la perspectiva suficiente.

















