La agenda de Zapatero revela una obsesión por la plata que habría escandalizado a Bernal Díaz del Castillo

Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro, en 2022.EFE / Prensa de Miraflores
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Cuando Zapatero salió a gorrazos de Moncloa se encontró con el mismo problema que acuciaba a los hidalgos venidos a menos en la Extremadura del siglo XVI. "¿Y ahora de qué voy a vivir?", se preguntaba el prohombre. Es cierto que el camposanto de proboscídeos conocido como Consejo de Estado que hoy pastorea una célebre jurista egabrense le brindaba una sinecura vitalicia, además de las prebendas que corresponden a todo jefe de gobierno español: oficina, escolta, secretaria. Pero aquellas dignidades insípidas dejaron pronto de satisfacer las ambiciones vitales de don José Luis, del mismo modo que Hernán Cortés se negaba a perseguir acomodo en las grandes casas de la nobleza sevillana. Ni Cortés ni Zapatero nacieron con alma de burócrata. Por eso se aventuraron ambos allende el Atlántico, camino del oro y de la gloria que a uno pudieran darle los indios y al otro los populistas.
Los cronistas contemporáneos cantamos los tradicionales lazos históricos que nos hermanan con las naciones hispanoamericanas, pero no ignoramos que ese hermoso sintagma transporta a veces un eufemismo para la oportunidad de la codicia que se envuelve en paternalismo. Empresarios, novelistas, políticos y consultores demoscópicos rivalizan con los toreros en eso de hacer las Américas, al amparo de un prestigio añejo que milagrosamente parece conservar lo español entre aquellas gentes de paciencia oceánica. Pero lo cierto es que doña Claudia Sheinbaum tiene razón. Va siendo hora de que los españoles nos disculpemos. Pero no por haberles mandado al esposo de Malinche sino al patrón de Gertrudis. Antes ya habíamos mandamos a Juan Carlos Monedero a Venezuela, esa tierra de maravilla a la que el capricho compensatorio de unos dioses crueles parece empeñado en castigar con desconocidos umbrales de sufrimiento.
Reconozcamos que los informes nubosos del reputado imputado que presidió el gobierno de España equivalen a las cuentas de vidrio con las que los conquistadores castellanos timaban a los indios a cambio de saquear su Potosí. La agenda de Zapatero revela una obsesión por la plata que habría escandalizado a Bernal Díaz del Castillo. De las minas del Perú al petróleo de Caracas pasando por los tribunales de Bolivia o las esmeraldas de Zambia, el mercantilismo desorejado del hombre que se peinaba las cejas revela exactamente la clase de conciencia sórdida y rapaz que alimentó la leyenda negra contra España. Con la diferencia de que esta, Calama mediante, es verdadera.




















