Asuntos internos
Los pueblos que desaparecen tienen todo el derecho del mundo a buscarse la vida.

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John Koenig es un creador y dise�ador gr�fico que triunf� en YouTube con su Diccionario de tristezas sin nombre y lo pas� a limpio en un libro publicado por Capit�n Swing. Es un diccionario muy original, cuyas entradas son palabras que no tenemos, pero que nos gustar�a tener para resumir sentimientos, emociones, experiencias, sacudidas, melancol�as y ternuras varias. Resumiendo, la vida en palabras inventadas a base de t�rminos de distintos idiomas del mundo.
Como, por ejemplo, Ballag�rraidh, procedente del ga�lico escoc�s, que significa �muro de jard�n�. La �balagaura�, que as� se pronuncia esta tristeza, quiere expresar el deseo de abandonar la ciudad y querer vivir de la tierra sin simulaciones, experimentando la naturaleza en toda su extensi�n. Hasta que escuchemos al bosque diciendo: �Esta no es tu casa�. Entonces es la hora de regresar a encerrarnos en el asfalto.
Es una palabra que recuerda tambi�n la tristeza de no poder transmitir a nuestros hijos c�mo era aquella vida simple, sin otro horizonte que el monte que nos circundaba.
Busqu� una palabra para definir la honda impresi�n que me produjo la visita al gigantesco parque de placas fotovoltaicas que han instalado en el monte de mi pueblo. Es como un espejismo de agua en el desierto, un descomunal espejo gal�ctico de silicio y metal que cubre el monte hasta las orillas del embalse.
No s� qu� decir de un espect�culo imponente, bien visto por todos, porque supone riqueza y actividad para el pueblo. Debajo del inmenso paisaje de l�minas brillantes por el reflejo de la luz del sol, est� la tumba del monte bajo, los brezos y los matorrales ahora en primavera vestidos de colores. No pasa nada. Ese monte era improductivo. Los pueblos que desaparecen tienen todo el derecho del mundo a buscarse la vida. Aunque la vida consista en matar el monte.
Esa muerte no es de ahora. Primero fueron los embalses de las el�ctricas que anegaron las tierras para extraer los kilovatios, despu�s la autov�a que rompi� en dos el monte, m�s tarde, el tren de alta velocidad que lo rompi� en tres sin detenerse. Y ahora las placas solares. Monte a trav�s de la cuesta donde nac�, la energ�a limpia del progreso ha matado a los montes del pasado. Una muerte silenciosa. Las placas no hacen ruido, guardan un respetuoso silencio. Bien est�. El Ed�n solo existi� en el G�nesis. Y los ecologistas son forasteros.
























